Crítica
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Hänsel, Gretel y la Santa McDonna:

Historia de una bruja muy moderna

Hänsel y Gretel, Engelbert Humperdinck. Teatro Real de Madrid. Bo Skovhus, Diana Montague, Alice Coote, Sylvia Schwartz, José Manuel Zapata […]. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Pequeños cantores de la JORCAM. Dir.: Ana González. Dirección musical: Paul Daniel Colaboración especial de la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (ECAM). Dir. de escena y figurines: Laurent Pelly, Escenografía: Barbara de Limburg. 12 de marzo de 2015.

Hace como un siglo que no veo Hänsel und Gretel interpretado en Teatro Real, así que, exultante por la noticia del reestreno, compro una entrada de último minuto –bendita medida para los eternamente jóvenes españoles– y me siento en las butacas, expectante. Una caja de cartón con un código de barras haciendo las veces de telón me pone en alerta: no espero un bosquecillo alemán con flores y mariposas, algo diferente se cuece aquí. La centenaria espera ha merecido la pena, y mucho.

Poco puedo decir de la obra, que debería ser la primera referencia de aquél que quiera iniciarse en ese raro ritual que es la ópera. Un johannstrausseado Wagner para niños plagado de canciones infantiles y nanas, muchas de las cuales aún se cantan en las cunas germanas. En un país donde la cultura musical aún tiene terreno por ganar, nos enfrentamos a un problema básico: ¿cómo hacer que los niños, tengan o no barba, no se aburran o duerman, especialmente en los momentos instrumentales? Entre los numerosos corros, bailes, encontramos la obertura del segundo acto: como niño barbudo, sólo pude reírme a carcajadas al ver en un juego de sombras a una impaciente bruja coger todos los utensilios de limpieza que tenía a su alcance (desde la clásica escoba a la española fregona) e intentar arrancar como si fueran una vieja Vespino. Brillante. Y para terminar de cansar mi aparato risador, me encuentro a la bruja haciendo posturitas sobre la susodicha escoba hasta, súbitamente, ocupar el telón al completo y oscurecerlo: el mal se encarna en la escena con un rápido cambio de lo divertido a lo siniestro que será el eje del tercer acto.

Otro momento delicado es la “pantomima del sueño”, el cierre del segundo acto, donde 14 ángeles velan el sueño de los niños. Pues bien, en esta representación los sustituyeron por 12 pantallas de televisión con imágenes de niños comiendo hamburguesas, helados y otras malsanas delicias que, si bien no eran estrictamente divertidas, mantenían los ojos atentos, las bocas salivadas, y los estómagos rugientes. Buena estratagema comercial: compré unos snacks durante el descanso.

Casualmente durante el refrigerio encontré un grupo de niños guiado por una compañera y aproveché la ocasión para preguntarles qué les estaba pareciendo la experiencia. La respuesta fue unánime: también les había dado hambre. En la mayoría de los casos, era la primera experiencia en el terreno, y parecían bastante contentos. Según dijeron, estaba siendo muy amena, y se estaban riendo mucho con los bailes y bromas.

Como jamón y queso del sándwich de cortesía, me permito aquí, para terminar luego con buen sabor de boca, criticar la asignatura pendiente de todo español que se precie: los idiomas. Comprendo que se hayan simplificado los subtítulos para que los pequeñines no se aburran leyendo, y que, especialmente tras la afortunada inclusión de subtítulos en inglés, haya que reducir el mensaje al mínimo por motivos de espacio. Pero hay momentos en los que el diálogo verdaderamente se llega a falsear, perdiendo su sentido. Y hablando de lo propio, debo confesar que la dicción de la bruja también confundía el mensaje en determinados momentos, aunque tal vez sea achacable a la afección molar que el cantante sufría el día de la representación, el 7 de febrero. Sea como fuere, me permito añadir el alemán como nota disonante.

Y ya que estamos, hablemos de nuestra bruja: José Manuel Zapata. Como suele pasar, es el personaje clave de esta ópera, pudiendo hundir o sublimar el resto del conjunto. Suelo ser escéptico con las interpretaciones masculinas de este papel para mezzo-soprano, aunque no es la primera y probablemente tampoco la última vez que veo una bruja travestida. Mi opinión: Zapata puso una muy buena guinda en el pastel, con unas geniales dotes teatrales y numerosas bromas.

Nuestra bruja consiguió con una única palabra, Halt, hacerme pasar de la risa al miedo. Presentada como una cajera de supermercado, con un traje, peluca y voz rosas, nuestra Santa McDonna se convierte súbitamente en una sádica asesina carnicera con la boca llena de esputos ensangrentados y pelo cual sembrado de zanahorias, matojo aquí, matojo allá, por no hablar de una prominente barriga cubierta de un suave y superfluo vello que aún me tiene algo traumatizado. Y para rematar la faena, la casita de mazapán –un pasillo cualquiera de una superficie comercial cualquiera donde todo es gratis– se abre. Vemos la doble cara de la verdad: por detrás de las chocolatinas se encuentra un mundo de sangre salpicada en las paredes y cuchillos de carnicero.

¿Dónde está la diferencia entre Hänsel, encerrado y cebado en una jaula metálica, y los cerdos y pollos del matadero? Mi interpretación: una crítica contra el consumo exacerbado, la producción en masa e, indirectamente, la matanza sistemática de millones de seres vivos, aunque afortunadamente nos quede el consuelo de que sus almas irán a un lugar mejor, según declaraciones del Papa Francisco.

Si ponemos todo esto en relación con alguna que otra directiva europea de enero de 2012 y su concreción española de 2013, la estrategia “más alimento, menos desperdicio”, nos damos cuenta de que la bruja y su casita de mazapán son en realidad el trasunto de un tema candente en la actualidad y en el que necesitamos educar a nuestros hijos y nuestros adultos, aunque sea a través de las susodichas medidas traumáticas. Incluso el famélico Hänsel tenía unos muchos kilos de más, por no hablar de los niños de mazapán, o la bruja que apenas podía moverse en su célebre Cabalgata, lo que por cierto me arrancó una buena risotada.

Dos pequeños detalles trascendentales. Por un lado, la muerte de la bruja. Preparando el horno para cocinar a los niños, finalmente ella se cae dentro. Todo correcto en contenidos, pero no en formas: tradicionalmente, los niños empujan a la bruja. En este caso, ella tropieza sola y cae con los brazos en cruz. No sé si pensar que la caritativa industria cárnica se inmolará por la redención del mundo, o si debemos tener tan poca fe en nuestros jóvenes que es mejor esperar que el tinglado se desmonte solo y caiga por su propio peso. Por otro lado en el final feliz, junto con la liberación de los niños y el reencuentro con los padres tenemos un contrapunto ambivalente: aun für immer geschlossen o cerrado para siempre, todos terminan cogiendo golosinas y metiéndolas en el carrito de la compra. ¿Será que el consumismo de nuestra sociedad es simplemente inevitable? ¿Tal vez que sólo podamos reducir los efectos de nuestro sistema de producción masiva hasta que lleguemos al mal menor? ¿Será que simplemente estoy sobre-interpretando una casualidad escénica, si tal cosa existe?

A nivel musical, la interpretación orquestal me pareció muy buena: empastada, buen destaque de los solos y las melodías principales, los efectos tímbricos logrados… Sí que es cierto, riesgo típico de la instrumentación de Humperdinck, que en no pocas ocasiones la orquesta solapaba a los cantantes. Y sobre éstos, en líneas generales pienso que hicieron una muy buena labor, me hicieron disfrutar mucho de la ópera, no vi grandes detalles negativos y sí muchos positivos, así que sólo puedo felicitarles. No puedo dejar de destacar el celebérrimo “Abends will ich schlafen gehen”, el rezo de los niños antes de ir a dormir. De las muchas versiones que he escuchado de este dúo, considero ésta como una de las mejores: un dulcérrimo canto en pianísimo, perfectamente encajado por la orquesta, un paulatino crescendo en un moderadísimo, casi doloroso ritmo, un clímax celestial… Encontrarán mi asiento por las marcas de uñas en los reposabrazos.

Unas palabras especiales de alabanza a los pequeños de mazapán, que estuvieron sin duda a la altura de las circunstancias, a pesar de tener que correr y bailar mientras cantaban. Sobre la partitura, las palabras que dijo Richard Strauss, además del mero hecho de estrenarla, son suficientes para hacernos cuenta de la sublime calidad que tiene. En resumen: la interpretación me pareció magistral, de disco –o mejor dicho DVD, ya que la labor escénica, la iluminación y la actuación de los cantantes fueron espectaculares–.

Concluyendo esta ópera ha sido, tanto en su espíritu musical y su encarnación escénica y teatral, una pieza de referencia que debería ser orgullo del Teatro Real y de sus creadores e intérpretes. Sólo desearía no tener que esperar otra centuria para volver a escuchar las voces de los cantantes, los acordes de la orquesta y las risas del público, a propósito con un aforo casi repleto, como merecía la representación.

Alberto Caparrós Álvarez

Fotografía: Javier del Real.

Publicado en mayo2015.gif” id=”mes” border=”none”/>

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