Crítica
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No todo se ha consumado

Herreweghe de nuevo con el Collegium Vocale Gent

CNDM: Ciclo Universo Barroco. Johann Sebastian Bach: La Pasión según San Juan, BWV 245. Collegium Vocale Gent. Dir.: Philippe Herreweghe. Auditorio Nacional de Música (Sala Sinfónica). 29 de marzo de 2015.

 

Tras el camino recorrido del ciclo Universo Barroco con agrupaciones como The King’s Consort and Choir o la Orquesta Barroca de Sevilla, llegó a los albores de la Pascua una de las embajadoras de la corriente historicista: el Collegium Vocale Gent, en manos del veterano Philippe Herreweghe. Las discusiones entre el movimiento “HIP” (Historically Informed Practice) y las interpretaciones “romantizadas” que se han ofrecido a lo largo de la historia sobre la obra litúrgica de Johann Sebastian Bach –entre otras– siguen estando activas hoy en día. Y no sólo por parte del intérprete que, como en el caso de Hippocampus, puede optar por una estética completamente distinta a la que La Pasión según San Juan ofreció aquella tarde; sino también a través del gusto del público que acude de forma religiosa a estos eventos, para posteriormente debatir entre vinos y lisonjas la apreciación del concierto. Para las primeras versiones de las Pasiones, decántese bien por las de Harnoncourt, bien por las que Richter. Pero una cosa es cierta: todas son verdaderas. Y si no que se lo digan a la transparencia y lucidez de uno de los mejores coros del mundo…

Como bien es sabido, Bach realizaba múltiples modificaciones de su obra. La Pasión según San Juan no es una excepción, habiendo sido modificada durante 25 años hasta el estreno de su versión adoptada en 1749 –de estructura semejante a la actual– con un punto neurálgico en el coral “Durch dein Gefängnis” que ordena el esquema tonal. Sin la monumentalidad de la de San Mateo, que contempla una doble agrupación de coro, orquesta y solistas –además de parte de soprano en ripieno, muchas veces interpretada por un coro de voces blancas–, la de San Juan es más sucinta. Reduciendo madera de la plantilla original –que contiene además dos oboe d’amore y dos da caccia– a un par de oboes (cambiado uno de ellos por sólo uno da caccia, de bello timbre, en la segunda parte), el resto de la formación orquestal del Collegium establecía patrones realistas, asegurando la sonoridad de las reproducciones de instrumentos históricos. Las manos de Herreweghe hacían una clara expresión del fraseo a tempi rápidos de cada uno de los números. Las adecuadas pausas dramáticas sobrecogían al máximo en momentos como la anunciación de la expiración de Jesús entre el recitativo 31 y el aria y coro 32. Anterior a este pasaje la violagambista, Romina Lischka, destacó sobremanera con su solo que introduce al aria del alto “Es ist vollbracht!” (“Todo se ha consumado”), las últimas palabras del crucificado. Con el cambio de carácter a un exaltado aliento por la victoria del héroe de Judá, vuelve de nuevo al aire desamparado de su muerte. El papel del continuo, representado por la cuerda grave, el positivo y el fagot, con el brillante soporte armónico del archilaúd, aportó la condensación y estabilidad del sonido del resto de la cuerda.

El diálogo complejo entre lo teatral y lo litúrgico de este género novedoso en la época del compositor alemán confluye en una suerte de números madrigalísticos, recitativo secco y corales, estos últimos tan prototípicos de la tradición luterana. Fue la primera obra de su periodo en la sofisticada ciudad de Leipzig y, con ella, decidió aportar al coro esta doble expresión reflexiva y colectiva de pueblo redentor, traducida en una dulce homofonía transparente en los números corales, distanciados totalmente de la función del pueblo judío, reflejados en partitura a través de voces fugadas en los momentos clave sobre el juicio del Salvador. Muestras sublimes de los primeros fueron “In meines Herzens Grunde” –tras la decisión de Pilatos– o en el coral final “Ach Herr, lass dein lieb Engelein”, sin cariz apoteósico –como pudiera haber sido cualquier versión de Klemperer–, y excesivamente bañados de la sobriedad solemne sobre las manos de Herreweghe. Contrastantes, desde luego, con los cuchicheos intercalados entre el Evangelista y Pilatos eran las intervenciones contrapuntísticas del coro que clamaban la crucifixión. En un baile de claroscuros dinámicos, jugando con las entradas de cada voz y la desaparición súbita de ésta a la entrada de la siguiente, se fundían con la orquesta en la sentencia final que compone el recitativo 23. Un coro de planos totalmente equilibrados, sobrepasados en ocasiones por las sopranos, pero siempre dentro de los límites de la belleza.

En los protagonistas hubo sorpresa con el repentino cambio por enfermedad de Florian Bösch y Robin Tritschler sustituidos por Tobias Berndt –representando a Jesús– y Zachary Wilder –en papel de tenor–, respectivamente. La voz de barítono del primero atrapó a muchos por su calidad tímbrica en el grave, tan propia del repertorio camerístico de lied. Siendo igual de cautivadora la voz del Evangelista, Thomas Hobbs llenó la sala sinfónica con el relato del narrador a través de una buena dicción alemana sobre los textos pertenecientes al poema de B. H. Brockers, Der für die Sünde der Welt gemarterte und sterbende Jesus, y los de C.H. Postel y Christian Weise, sobre los que fueron inspiradas las partes de la Pasión. Desde la opinión de una servidora, la mejor voz del concierto. El contratenor Damien Guillon ofreció una coloratura recatada, con cuerpo y expresividad en el agudo. En segundo plano dramático y cualitativo quedaban las voces solistas de Kooij como Pilatos –débil en el grave–, la soprano Davidson –de poco fiato pero bello color– y el tenor Wilder –no demasiado potente pero bien definida–.

A través de articulaciones claras y dinámicas en escalón, la orquesta transmitía forti solemnes y homogéneos, acordes a la sobriedad del timbre del coro, pulcro y transparente; así como tuttis en piano tan delicados como una onda que transcurre tras la caída de una gota de lluvia en un charco. En definitiva, los interminables aplausos a una formación sobresaliente, y al contrario que el ethos el aria luctuosa, dejan claro que no todo se ha consumado.

María Elena Cuenca Rodríguez

Fotografías: http://www.cndm.mcu.es/sites/default/files/imagen/herreweghe_by_michiel_hendrick.jpg y http://goo.gl/tFJfyI

Publicado en abril 2015

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