Crítica
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Romanticismo en tecnicolor

Eschenbach dirige a la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington

Orquestas y solistas del mundo de Ibermúsica. R. Wagner: Obertura de Tannhäuser; A. Dvorák: Concierto para violonchelo; J. Brahms / A. Schoenberg: Cuarteto con piano en Sol menor (transcripción para orquesta). Daniel Müller-Schott, violonchelo. National Symphony Orchestra. Christoph Eschenbach (dir.). Auditorio Nacional, 5 de febrero de 2016.

Existe un tópico que dice que las orquestas yankees (me niego a decir americanas, norteamericanas o estadounidenses; para más explicaciones consúltese el cine de J. L. Godard) son técnicamente muy competentes, incluso excelentes, pero que no emocionan. Quizás algo de verdad hay en ello, al menos toda la que puede haber en una fórmula trivial y sintética como son los tópicos. El caso que nos ocupa no desmiente del todo la idea expuesta pero tampoco se corresponde enteramente con ella. No podía ser de otro modo.

La Orquesta Sinfónica Nacional de Washington no está al nivel de las grandes orquestas de su país (Sinfónica de Chicago, Filármonicas de Nueva York y Los Ángeles) ni se ha beneficiado a lo largo de sus más ochenta años de historia de un idilio prolongado con algún director que le haya proporcionado un salto de calidad tal y como ocurrió en Filadelfia con Ormandy o en Cleveland con Szell. Por lo tanto no cabía esperar en principio un alto grado de excelencia; había que ver, eso sí, hasta dónde ha sido capaz de hacerse notar la mano de Christoph Eschenbach, su director titular desde 2010.

La Obertura de Tannhäuser es una de esas píldoras orquestales wagnerianas que incluso a los-no-amantes-de-Wagner nos deja sin argumentos. Por ello no habla demasiado bien de la orquesta pero, sobre todo, en este caso de Eschenbach, que la emoción habitual que produce esta música quedara en una especie de promesa incumplida, abortada por una interpretación algo fría y, sobre todo, torpe, lastrada por cambios de tempi forzados, ausencia de rubato y de elasticidad. La orquesta sonaba bien, especialmente la cuerda y las trompas, más brillante que sensual, pero el resultado fue artificial.

Siempre me ha parecido curiosa la mala fortuna que desde el siglo XIX han tenido los violonchelistas con las aportaciones de los compositores a su instrumento, especialmente en el repertorio concertante. No deja de resultar paradójico que hasta la fecha ningún compositor haya dedicado tantas páginas al chelo como Antonio Vivaldi, cuando todavía era relativamente nuevo, al menos como instrumento solista. Pero tampoco lo es menos que un instrumento que se prestaba tanto para expresar el alma romántica y aquí incluyo ese Romanticismo trasnochado barnizado de estilizadas pinceladas folclóricas que se ha dado en llamar Nacionalismo haya sido apenas objeto de atención de los compositores del siglo XIX, al menos en el repertorio para orquesta (la sonata para chelo ha tenido mejor suerte pero sin grandes alardes).

Así las cosas, el Concierto para violonchelo en Si menor op. 104 de Dvorák pasa por ser una de las mejores obras del género. En cualquier caso lo que es incuestionable es que es uno de los más programados. Aquí el solista era Daniel Müller-Schott, violonchelista de renombre que se afanó en tratar a la partitura con la máxima delicadeza posible, intentando mantener la nobleza en el sonido a lo largo de toda la ejecución, incluso en los pasajes más agresivos de los movimientos primero y tercero, si bien por momentos le faltó algo de fuerza. La orquesta, contagiada por el envidiable vigor de su director, le acompañó entusiastamente, con pequeños desajustes compensados por buenas dosis de energía y por prestaciones más que notables de algunos de sus solistas, especialmente el trompa portugués Abel Pereira, que tuvo una intervención memorable en el solo del primer movimiento. Digamos que el maridaje entre solista y orquesta fue algo extraño: el empuje que le faltaba a Müller-Schott le sobraba a la orquesta; la delicadeza del sonido del solista se echaba de menos en una orquesta que se desbocaba por momentos.

Como propina, el violonchelista alemán ofreció una pieza de Ernest Bloch, Plegaria, de la suite From Jewish life, obra de innegable sabor judío como otras de su autor y de gran belleza, que Müller-Schott tocó con gran recogimiento.

El Cuarteto con piano en Sol menor op. 25 es una de esas composiciones de cámara de un joven Brahms en estado de gracia cuyas sonoridades exceden el formato camerístico y devienen casi sinfónicas. Por ello, a priori resulta casi incomprensible que Arnold Schoenberg se decidiera a hacer una transcripción para orquesta en 1933. Aparte de un acto de amor, la explicación principal aportada por el compositor austriaco (recordada oportunamente en las notas del concierto por Juan Manuel Viana) no deja de ser curiosa. Según Schoenberg, los pianistas siempre tocaban demasiado fuerte su parte y arruinaban con ello el balance de la obra. Por tanto, Schoenberg se proponía devolver a la obra su equilibrio a través de un nuevo acercamiento que aportaba nuevas texturas pero que pretendía ser fiel al estilo de su autor (“conozco a fondo el estilo de Brahms […] me ha bastado con trasladar ese sonido a la orquesta, no he tenido que hacer nada más”). El resultado de esta operación no deja de ser curioso y trasciende la modestia de esta declaración de intenciones, aunque no necesariamente para bien.

La interpretación de esta obra por la Orquesta Nacional de Washington y Eschenbach en la segunda parte del concierto fue literalmente arrolladora. El director alemán optó por unos tiempos muy vivos, desenfrenados, y la orquesta supo resaltar la riqueza tímbrica aportada por Schoenberg con enorme brillantez. Cada sección sonó potente, rotunda pero poco delicada en los pasajes líricos. Sobre la claridad del discurso se impuso la contundencia. La conclusión fue un producto muy atractivo pero poco matizado.

Cuando el público empezaba a desfilar hacia la salida a la una de la madrugada, una orquesta lanzada y un Eschenbach incombustible se arrancaron fuera de programa con una chispeante interpretación de la “Danza de los comediantes” de la ópera La novia vendida de Smetana. Esta orquesta que finalizó el concierto dejaba unas sensaciones que poco tenían que ver con la del inicio. La formación apagada que había “neutralizado” a Wagner se reveló finalmente como un conjunto entregado, con un sonido amplio y brillante, sin aristas, al que su director ha sabido transmitir un estado de tensión envidiable pero falto de hondura, eso sí.

Imanol Temprano Lecuona

Fotografía: María Cristina Ávila Martín y http://www.granadafestival.org/blog (portada).

Publicado en febrero 2016

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