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Inés de Castro
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Una historia medieval en forma de pasodoble

Canción española e historia medieval. Parece un matrimonio un tanto extraño, pero el caso es que una de las más grandes historias de amor del siglo XIV quedó reflejada en un pasodoble: la voz versátil de Carmen Morell, con música de los célebres Rivas y Gardey, nos contaba la historia ni más ni menos que de Inés de Castro, la llamada reina después de muerta en la corte portuguesa, con palabras de un escurridizo Pepe del Valle.

Ciertamente, no era esta la primera vez que una historia de la realeza se presentaba a través de una copla: Eugenia de Montijo, María de las Mercedes, la Infanta Isabel de Borbón e incluso la amante del rey Luis I de Baviera, Lola Montes (quien también fue amante de Franz Liszt y cuya vida merecería un capítulo aparte). Aunque quizás fue la primera vez que esa nostalgia del pasado recuperaba una leyenda medieval. ¿Por qué Inés? ¿Por qué contar esta historia de adulterio y venganza en pleno 1947? Pero sobre todo, ¿de qué manera se la contaron a nuestras abuelas?

Reina para Portugal

Reino de Galicia. 1325. Nace Inés de Castro, hija ilegítima del noble Pedro Fernández de Castro y de Aldonza Lorenzo de Valladares. A los quince años abandona su tierra para dirigirse a Portugal en calidad de dama de compañía de su prima Constanza Manuel, quien, después de haber rechazado varios matrimonios, accede a casarse con el infante don Pedro de Portugal. El rey en Lisboa es Alfonso IV el Bravo, padre de Don Pedro, y cuenta la tradición que al llegar ambas a la corte, el infante se enamora perdidamente de una de las jóvenes gallegas. Exacto. No precisamente de la que iba a ser su esposa, doña Constanza, sino de su prima y dama, Inés de Castro.

Aquel triángulo generó tensión: estaba claro que el rey amaba a Inés, Constanza se moría de celos. Pero no fueron estos los que acabaron con su vida, sino las consecuencias del parto del futuro heredero al trono, Fernando, diez años después de su llegada a tierras portuguesas.

De ahí en adelante la relación entre Inés y Pedro cambió. Acompañada por rumores de un matrimonio clandestino del que no quedan restos documentales, engendró ella cuatro hijos y él se trasladó a vivir con su todavía amante a pesar de la oposición de su padre: esa mujer era hija ilegítima y su sola presencia y la de sus hijos amenazaba la sucesión al trono de Fernando, el hijo de Constanza. ¿Qué pasaría con él si Pedro se casaba con Inés? ¿Quedaría apartado de la línea sucesoria?

Pero aún había un factor más: la familia de Castro contaba con enemigos dentro del círculo del rey, especialmente tres caballeros: Alonso Gonçalvez, Pedro Coelho y Diego López Pacheco. Ellos fueron los que convencieron al rey del único remedio posible para aquella situación: tenían que matar a Inés.

Se cuenta que el rey Alfonso nunca lo tuvo claro, que dudaba si matar a una mujer cuyo único pecado había sido un amor correspondido con su hijo. Aunque un día de aquel 1355 en que su hijo Pedro había salido de cacería, el rey se dirigió acompañado por estos caballeros al monasterio de Santa Clara, donde se hallaba Inés. Ella, al enterarse de la llegada del monarca (y probablemente sospechando sus intenciones) salió al patio rodeada de sus cuatro hijos, pidiendo piedad entre lágrimas. Se cuenta que el rey ya había dado media vuelta cuando los tres caballeros que le acompañaban insistieron en que les diera permiso para cumplir aquello a lo que habían venido. El rey no debió oponerse: entraron donde se encontraba Inés y a base de puñaladas acabaron con su vida.

La venganza de Pedro tuvo que esperar, pero fue terrible y dura, como todas las que se sirven frías. Al morir su padre y ascender al trono, cuenta la tradición que mandó ir a buscar a su amada Inés, exhumar su cadáver y, vestida con traje de novia, la nombró, al fin, reina de Portugal, obligando a los cortesanos a besar su mano. Pero no quedó ahí la historia: don Pedro consiguió apresar a dos de los instigadores y probablemente autores de la muerte de doña Inés: Pedro Coelho y Antonio Gonçalves. Y como es sabido, a mayor gravedad en la falta, mayor crueldad en el castigo: a Coelho le fue arrancado el corazón por el pecho; a Gonçalves, por la espalda.

El amor del rey quedó plasmado en un último acto de honor hacia Inés: hizo erigir en Alcobaça una sepultura de mármol blanco, con su efigie coronada, y se celebraron funerales d la solemnidad de un monarca. Finalmente, Pedro mandó erigir su propia sepultura justo enfrente de la de Inés, de manera que las imágenes quedaran tocándose los pies. Tiene fácil explicación: don Pedro quiso que, en el día de la Resurrección, lo primero que vieran sus ojos no fuera otra cosa que la viva imagen de su esposa, Inés de Castro.

Doña Constanza murió y Portugal que sabía, la pena que la mató…

Ciertamente, una vez conocida la historia de Inés y don Pedro, no es difícil imaginar por qué generó tantas y tantas obras de arte, desde el episodio dedicado por Luís de Camões en la considerada obra cumbre de la poesía portuguesa Os Lusíadas (1572), la pieza teatral Reinar después de morir, de Luis Vélez de Guevara (1652), o las 29 óperas sobre 21 libretos diferentes a lo largo de la historia (destacando la de Giuseppe Persiani estrenada en 1835 que incluye la célebre aria “Cari Giorni), a la última novedad editorial sobre el tema, la novela de María Pilar Queralt de Herrero publicada en 2003 bajo el título Inés de Castro o el musical Unburied Treasures, de Mark Bunyan (2010), quien enfoca la historia con un toque de vodevil que despierta una sonrisa.

Entre todos estos homenajes se encuentra el pasodoble que abría nuestro artículo: publicado por Columbia en 1947, fue la cara B de la zambra La hija de la tirana, ambas cantadas por la barcelonesa Carmen Morell y compuesta por la pareja formada por Luis Rivas Gómez y José Gardey Cuevas, autora de otros títulos como la marcha La virgen de la O o el pasodoble El toro de mis cantares. La letra corrió a cargo de Pepe del Valle y es aquí donde se nos descubre la sorpresa que motiva estas líneas: el cómo se contó entonces esa historia de amor y adulterio.

En esa España que bordeaba la década de los 50, aún arrastrando los fantasmas de la posguerra y en plena dictadura de Franco, la protagonista, la maltratada por la crueldad del mundo, por la que cabía sentir esa tristeza tan intensa de la canción española, no era doña Inés, sino doña Constanza: la esposa legítima del infante, que, según la letra de del Valle, no murió de parto sino de pena por los celos que la consumían.

Doña Constanza de pena,

por el rey se moría

y el rey por Doña Inés,

daba su alma y su vida.

Doña Constanza murió

y Portugal que sabía,

la pena que la mató,

la muerte de Inés de Castro,

el pueblo entero pidió

Queda claro: el pueblo de Portugal entendía de adulterios y pedía a gritos la muerte de Inés, la malvada mujer que se había llevado la salud de su reina. Continúa el pasodoble contando cómo fue condenada a muerte y esa condena se cumplió, y cómo por la venganza personal del ya rey don Pedro, Inés fue coronada reina de Portugal.

Aunque yendo un poco más allá, intuimos un doble sentido, una especie de quiero y no puedo en la manera de contarlo. Siendo justos con el letrista, no parece que Inés sea tan despiadada y cruel: don Pedro quedó sin corazón tras su muerte, el pueblo pedía una reina, y finalmente, ya vengada, ocupó el trono de Portugal. Si queremos, podemos discernir una cierta simpatía velada por el amor verdadero del rey. Velada sin más remedio, dadas las circunstancias políticas y sociales de los años que corrían.

Más de seis siglos

Y se aproxima ya el final de estas líneas. La historia de Inés de Castro lleva en tránsito más de 650 años, que se dice pronto. Es posible que la imagen del cadáver venerado sentado en el trono sea producto de la leyenda a raíz de la costumbre portuguesa de hacer a los nobles besar la mano sin vida de sus monarcas fallecidos. Cierta o no esa parte de la historia, cada representación, en todos los tipos de arte, desde la ópera de Persiani al pasodoble de Morell, nos habla de historia, sí, pero sobre todo nos habla de nosotros mismos. De quienes escribieron esas obras, de su manera de ver el mundo, pero también de los que nos acercamos a ellas. Esa huida hacia atrás, ese buscar en el pasado para entender el presente, esa Edad Media siempre vigente, podría tener y tiene muchas interpretaciones. Pero el punto final se acerca, y como solía decir el escritor alemán Michael Ende, esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

María R. Montes

Publicado en verano del 2012″ alt=”verano

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