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Gottschalk o cómo viajar con un piano en la mochila

Siempre hemos estudiado la clasificación de los instrumentos musicales según los criterios del tándem más famoso de la organología: Hornbostel y Sachs. “Aerófonos”, “cordófonos”, “idiófonos”, “membranófonos”… son palabras a las que estamos acostumbrados y que hemos usado en numerosas ocasiones al referirnos a tal o cual instrumento. Pero existe otra clasificación –y no me refiero a Mahillon o a Schaeffers– sin duda mucho más ligada a la vida diaria de un instrumentista, especialmente si viaja a menudo: la que podríamos llamar de Easybostel y Ryansachs[1]:

1. Instrumentos que caben en la cabina de pasajeros de un avión

1.1. Caben sin llamar la atención

1.2. Caben llamando la atención y levantando murmuraciones pero no es necesario discutir con el personal de la compañía

1.3. Caben llamando la atención y es absolutamente necesario discutir con el personal de la compañía

2. Instrumentos que –nos pongamos como nos pongamos– no hay manera de meterlos en la cabina de pasajeros y van en bodega muertos de frío y sufriendo cambios de presión pero con su seguro para cuando el personal de pista los deposite debajo de veinte maletas antes de tirarlos de cualquier manera en la cinta transportadora[2].

Para los contrabajistas, pianistas y otros usuarios de instrumentos grandes el transporte resulta algo complicado. Sobre los primeros ya escribió Süskind un monólogo maravilloso tras el cual nada queda por decir, y los pianistas allí donde vayan sin duda encontrarán pianos que tocar, pero si tienen un especial cariño por el suyo porque “es herencia familiar”, ”dicen que un día Albéniz se apoyó en él”, es uno de los pianos blancos imitación de los de Liberace en Las Vegas o uno de esos elegantísimos pianos de metacrilato con remates en dorado de serie limitada que son como las meigas, nadie ha visto nunca ninguno pero haberlos “haylos”… pues entonces será bastante más difícil. Sobre pianos viajeros encontramos varios ejemplos: está el piano de la película homónima de Jane Campion, que viaja desde Escocia a Nueva Zelanda para después ser abandonado en la playa, o, por poner otro ejemplo, El afinador de pianos de Daniel Mason, en donde uno de los protagonistas es un Érard que ha ido a terminar sus días a las selvas de Birmania.

Lo normal era que los grandes pianistas de la historia encontrasen allí donde iban un instrumento de mayor o menor calidad del que servirse para sus ensayos y recitales, pero no siempre era así de fácil. Conocido es el hecho de que cuando Chopin viajó a Mallorca, anticipándose así al turismo de masas que llegaría siglo y medio después, el propio Pleyel le envió desde París un piano para poder practicar mientras se recuperaba de su enfermedad en la Cartuja de Valldemosa. Imaginémonos por un instante el periplo que realizaría este piano desde la capital francesa. Afortunadamente para él y para nosotros, la pareja Chopin-Sand consiguió “colocárselo” a unos banqueros de la villa, aligerando así su equipaje en el camino de vuelta a casa. Hoy en día este piano pasa sus días en dicha cartuja, actuando así de reliquia chopiniana, junto con otro piano impostor y falsamente chopiniano.

Pero si de lo que hablamos es de hacer largos viajes con nuestro instrumento a cuestas, sin ninguna duda nuestro hombre es Louis Moreau Gottschalk (1829-1869). Paradigma del músico itinerante, podemos considerar a este pianista americano original de Nueva Orleans como el instrumentista del s. XIX que más ha viajado, pues se dice que en una gira de dos años por Norteamérica llego a hacer casi 129.000 kms. Antes de lanzarse a su particular “aventura americana”, Gottschalk ya había animado con su música los más prestigiosos salones europeos, incluyendo una gira por España durante dos años.

Llamado por algunos “el Chopin criollo”, tras estudiar en París con Camille Stamaty, discípulo a su vez de Kalkbrenner, el joven Gottschalk era más un seguidor de Thalberg que un émulo de Liszt o Chopin, pero sabía cómo deleitar a su audiencia con la interpretación de sus propias obras, llenas de efectos que recrean los sonidos de instrumentos de percusión caribeños, batir de palmas, timbres de los banjos… Piezas como Deuxième banjo, op. 82, Bamboula op. 2 u Ojos criollos op. 37 son auténticas muestras de la música criolla de su infancia que Gottschalk compuso en un intento de mestizaje con la tradición musical europea.

Después de sus conciertos en Europa, el pianista se embarcaría hacia Nueva York, donde daría ochenta conciertos en una sola temporada; tras esto, exhausto, decide hacer un parón para retirarse… ¿a su habitación, como Emily Dickinson? ¿a observar las aguas de la Geroldsau, la cascada más famosa de Baden-Baden, como Brahms? No. El retiro que eligió Gottschalk era mucho más evocador: hizo que le llevaran su piano a una cabaña junto a un cráter. En esta “aventura caribeña” pasaría seis años de su vida.

Hemos hablado de viajes, pero… ¿cómo eran sus giras? Cualquier serie de conciertos, por muy apocalíptica que nos pareciera en su momento, no tiene nada que ver con lo que tuvo que vivir Gottschalk. Éste viajaba a través de lo que se ha venido llamando románticamente “el salvaje Oeste”, dando recitales diarios –a veces dos en el mismo día– en un continuo subir y bajar de vagones de tren, de una ciudad a otra, desde Cuba hasta Montreal. En plena Guerra Civil americana, la troupe Gottschalk, compuesta por su empresario, la mujer de éste Mme. Patti (hermana de Adelina) y su afinador de pianos, se paseaba en tren por Pennsylvania entre el caos de las movilizaciones de soldados que iban al frente y los cadáveres caídos sobre la nieve en lugares que la noche antes habían sido escenarios de combate, sin saber si el pueblo al que llegaban estaría sitiado por unos o por otros. En su Notes of a pianist, escritos a modo de diario, Gottschalk cuenta cómo un día, al no haber plazas libres en los vagones de pasajeros, hubo de ir a sentarse al vagón de equipajes, donde yacían los cuerpos de varios soldados muertos. Pero había dos compañeros de periplo más, y es que Gottschalk viajaba con sus dos Chickering Sons de Boston, pianofortes de cola de unos 3 metros de largo, algo imprescindible cuando se llega a lugares donde quizá nadie haya escuchado jamás el sonido de un piano. “¿Qué es ese gran acordeón?”, dice que le preguntaron tras un concierto. Pese a tratarse en muchos casos de un público compuesto por mineros, vaqueros, buscadores de oro, etc., parece que la audiencia de Gottschalk, lejos de lo que pudiéramos pensar, se comportaba adecuadamente, no haciendo ruidos incómodos ni interrumpiendo la ejecución, para sonrojo de los públicos de hoy en día, a los que aquejan unas terribles toses entre movimiento y movimiento de la obra como si en esos momentos las rejillas del aire acondicionado expulsaran ántrax[3].

Parece que estas aventuras le supieron a poco, pues pronto Gottschalk organizaba lo que se ha dado en llamar “conciertos monstruo”, consistentes en reunir cuantos más pianos mejor para que juntos interpreten una obra. Algo similar a los más de 2.000 percusionistas que hemos visto recientemente en la ceremonia de los Juegos Olímpicos de Beijing. Estos “conciertos monstruo” también iban de gira, pero reclutando pianistas en cada lugar del concierto, afortunadamente para el organizador, para quien llevar, dar de comer y traer a tantos instrumentistas hubiera sido muy caro.

Si pensamos en todo lo que hubo de hacer Gottschalk para llevar a cabo su gira americana, quizá su recuerdo nos alivie cuando tengamos que arrastrar nuestro instrumento de un lado a otro o estemos en el aeropuerto preparándonos para embarcar y esperando que nadie nos diga que tenemos que meter nuestro violín, guitarra, saxofón… en bodega. Y es que cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor.

Ana Mª del Valle Collado

 

[1] Quedarían fuera de esta clasificación todas aquellas compañías aéreas de Europa del Este las cuales se rigen por normas especiales paralelas a las estándares de Aviación Civil y que sólo ellos conocen.

[2] También podemos pagar otro billete y que nuestros instrumentos viajen sentaditos a nuestra vera con su cinturón puesto, así también podrán beneficiarse de todas las ventajas que supone viajar en avión. De esta manera, según la compañía aérea elegida nuestros queridos amigos podrán comprar la lotería que se vende a bordo (anunciada sotto voce en pianissimo) y/o incluso un elegante calendario de azafatas semidesnudas, algo, sin duda, de un gusto exquisito.

[3] Afortunadamente parece que lo de quitar el envoltorio de celofán a los caramelos pausadamente durante 10 minutos se ha pasado de moda, deo gratias.

Archivo histórico: entre febrero 2011 y enero 2012

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