Rara avis I:

Kircher y el piano de gatos

¿Athanasius Kircher? Quizá ese nombre les resulte familiar a aquéllos que hayan leído la novela La isla del día de antes de Umberto Eco. Pero si ahondamos un poco más, en seguida nos daremos cuenta de que Kircher fue un Leonardo en forma de jesuita alemán del siglo XVII. Entre otras cosas, él fue uno de los primeros en observar microorganismos infecciosos a través de un microscopio, sugiriendo medidas para evitar la propagación de enfermedades antes de Semmelweis, Pasteur o Lister; uno de los primeros –de nuevo– en descifrar jeroglíficos egipcios, aunque quizá con más buena voluntad e imaginación que base científica en algunos casos, antes de Champollion y la piedra Roseta; uno de aquellos personajes de la Historia que cayeron fascinados por la tecnología, atribuyéndosele la invención de un reloj magnético, el diseño del primer megáfono (Phonurgia Nova, 1673) e incluso…¡autómatas! Y hablando de magnetismo, también estudió las formas de atracción como la gravedad y el amor… antes que Mesmer. Entre otras muchísimas cosas también tuvo tiempo de escribir una enciclopedia sobre China y de trazar un mapa de la misma al estilo de la época, con dragones y otros seres mitológicos.

Puede que aún después de leer todo esto la figura del alemán siga sin decirnos gran cosa, pero existe algo que no debemos pasar por alto: Kircher escribió uno de los más importantes tratados musicales del barroco: Musurgia universalis, publicada en Roma en 1650. Es éste un compendio fundamental de teoría de la música, clave para comprender la práctica compositiva de los siglos XVI-XVII en Italia y Alemania, y de gran influencia en la música occidental posterior.

En Musurgia universalis continúa la tradición medieval que trata a la música –junto con la aritmética, la astronomía y la geometría– como elemento natural del Quadrivium, base de la educación en la Edad Media[1]. Kircher creía que la teoría de la música reflejaba las proporciones numéricas que regulaban la armonía del universo, el cosmos revelado en medidas musicales como reflejo a su vez de la armonía de Dios.

Pero Musurgia va más allá, y es que en este tratado también encontramos instrucciones para conjugar expresividad emocional con control racional (musica pathetica) se habla de los aspectos terapéuticos de la música, de acústica –entre otras cosas Kircher describe y establece comparaciones entre el oído humano y el de animales como la vaca, el perro, el caballo… – y anota cantos de pájaros (¿conocería Messiaen este libro?). Su interés por los aparatos mecánicos le lleva a incluir diagramas y planos para la construcción de instrumentos musicales como un órgano de agua, a diseñar artilugios como una máquina que realizaba composiciones de forma automática (arca musarithmica), una estatua-autómata que habla y escucha a través de un tubo, un arpa eólica… y un Katzenklavier o piano de gatos… y nos detenemos aquí. Sin duda no son los pianos de gatos lo que ha hecho pasar al jesuita alemán a los anales de la cultura occidental y quizá sea éste el elemento más anecdótico de Musurgia, además… ¿En qué consiste un piano de gatos? Básicamente en unas víctimas felinas colocadas en unos cajones, cuyas colas son pinchadas por un objeto punzante al presionar las teclas –una por cada gato– produciéndose un maullido; así, una tríada la hacen 3 gatos… etc. Resulta algo inocente pensar que los animales estuvieran ordenados de manera que sus mullidos formaran la sucesión de sonidos de la escala, ya que ninguno de los gatos emitiría siempre el mismo sonido[2].

No se sabe que Kircher llegara a construir ninguno de estos Katzenklavier.

Carl Van Vechten en su libro The tiger in the house[3] se hace eco de la descripción del compositor alsaciano Jean-Baptiste Weckerlin[4] de la visita que Felipe II realizó en 1549 a su padre Carlos V en Bruselas. Para justificar sus palabras Weckerlin a su vez cita como fuente la relación que de dicho viaje realizara el que entonces fuera uno de los criados del príncipe, el aragonés Juan Christoval Calvete de Estrella, aunque qué parte corresponde a este último no lo hemos podido comprobar. La descripción del desfile que tuvo lugar en dicha celebración raya en el aquelarre esperpéntico al más puro estilo Zugarramurdi, e incluye “un enorme toro entre cuyos cuernos se balanceaba un pequeño demonio”, “un joven ataviado con una piel de oso montado en un caballo cuyas orejas y cola habían sido cortados”, “el Arcángel San Miguel en oro y púrpura”… “y un carro en el que un oso tocaba un órgano en el que, en vez de tubos había distribuidos veinte cajones con gatos en su interior, de tal modo que sólo era necesario presionar una tecla para producir un sonido infernal”.

Pudiera ser que, con la celebración del viaje del príncipe a los Países Bajos –por otro lado requisito para tomar posesión de la corona que le correspondía como heredero– en su honor se celebrasen espectáculos como justas, luchas de toros o leones, desfiles… y que esta descripción haya sido “adornada” por influencia de la Leyenda negra[5]. Siguiendo en esta línea, un instrumento como el piano de gatos sólo podría ser obra de los sanguinarios españoles, cuyo pasatiempo natural, como todos sabemos, era la quema de herejes. Por el contrario, parece ser que era un instrumento relativamente habitual en los siglos XVI y XVII en otras partes de Europa, e incluso en el XVIII, ya que aparece como recomendación para pacientes con síndrome de falta de atención[6].

Afortunadamente para sus protagonistas más directos, el piano de gatos, como los castrati, como otras tantas cosas, fue olvidado, y su repertorio, si alguna vez existió, no forma parte del circuito concertístico actual, si bien en algún momento de nuestra vida como espectadores hemos disfrutado de sonoridades cercanas.

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