Retazos pictóricos

Mahler retratado, La canción de la tierra

21/12/2010 Auditorio Nacional, Sala de Cámara. PluralEnsemble. Director: Fabián Panisello. Solistas: Charlotte Hellekant, mezzosoprano. Jon Ketilsson, tenor. Das Lied von der Erde (La canción de la Tierra). Gustav Mahler. Versión para orquesta de cámara de Arnold Schoenberg completada por Reiner Riehn.

El pasado martes 21 de diciembre en la acogedora sala de cámara del Auditorio Nacional de Música tuvo lugar el “Retrato III” que recoge el Ciclo de Conciertos de la Fundación BBVA de Música Contemporánea. El protagonista de la velada fue el compositor Gustav Mahler y su obra Das Lied von der Erde (La canción de la Tierra), de cuya interpretación se hizo cargo el conjunto instrumental Plural-Ensemble.

El concierto tuvo como precedente una breve introducción por parte de Luis Suñén, quien entre datos, testimonios, relatos y anécdotas, presentó y acercó la obra al público de un modo muy acertado. De este modo, se convirtió en un estímulo más, que potenció el deseo de escucha de los seis movimientos de los que consta la obra. La versión ofrecida fue una reducción para orquesta de cámara comenzada por Arnold Schoenberg y que completó años más tarde Reiner Riehn.

Son las voces de La canción de la tierra, tenor y mezzosoprano, y no tenor y contralto (o barítono), para los que Mahler había concebido la obra, los que nos transmiten de forma más directa e inmediata la relación del texto con la Naturaleza. Textos que se basan en el libro La flauta china de Hans Bethge, que compendia traducciones de poemas de origen chino. Así, versos del famoso poeta de la Dinastía Tang, Li Tai-Po, Ch´ien Ch´i, o la aportación en el último movimiento que funde la pluma de Mong-Kao-Yen, Wang Wei y el propio Mahler, se integran y diluyen con música en ocasiones con ciertos tonos orientales, escalas pentatónicas o escalas de tonos enteros, es decir, un sabor oriental, pero siempre dentro de un marco occidental y un pensamiento postromántico.

Fue el concierto un auténtico cuadro pictórico que retrató todo el pensamiento estético inmerso en la creación de un modo que se podría esbozar metafóricamente. Así, tras una imagen visual, la pintura de Caspar D. Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes, se reencarna la escena que ofrecía el auditorio en su conjunto, como si de la contemplación de ese lienzo se tratase. De este modo, el personaje central del óleo lo representaba el director del grupo, que de espaldas dirigía su mirada, al igual que la del espectador hacia el grupo instrumental, hacia la música. Una música que se identifica con la Naturaleza, y una Naturaleza que en última instancia es el reflejo de la Belleza. Es así como el público-receptor se convierte en parte integrante del cuadro, del acontecimiento, observando ese horizonte postromántico que el director presenta, esa eternidad expuesta al eterno retorno. Y todo ello, proyectado a través de un mundo musical que se confunde con versos evocadores de la Naturaleza como medios de expresión de los sentimientos, sustentados por principios estéticos. Haciendo por consiguiente, de La canción de la Tierra, una obra maestra.

En lo que a la interpretación se refiere, es el director Fabián Panisello quien concilió cada expresión individual dentro de un todo unificado, en aras de un resultado sonoro sólido. Destacable fue el papel de la cantante sueca Charlotte Hellekant, especialmente en el último movimiento de la obra, “La despedida”, el más sobresaliente de todos. En él, el juego de timbres y el empaste entre instrumentos recreaba un sentimiento doloroso con momentos de cierta luminosidad en los que el silencio cumple un rol esencial, simulando por analogía, el uso del color blanco en una imagen pictórica. Todo, para finalizar con una sensación de inmensidad agudizada por recursos y procedimientos compositivos, que la ejecución reafirmó. La intervención del tenor fue quizás algo falta de proyección, requerimiento enfatizado por un timbre excepcional y con un gran atractivo que hacía surgir el deseo de solicitar más propulsión sonora, haciendo que la voz ocupase todo el espacio ofrecido por el auditorio.

Es de esta manera como La canción de la Tierra convirtió la sala en un auténtico museo sonoro, en el que los pilares estéticos sustentaron poesía, música y espectáculo, recreando un auténtico retrato, que no es otro que el de la inconfundible figura de Gustav Mahler.

Noelia Frías Hernández

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