La sonámbula vuelve a Londres,

o Bellini versionado desde el psicoanálisis

 

La sonnambula, Vincenzo Bellini, libreto de Felice Romani. Londres, Royal Opera House, 2 de noviembre 2011. Eglise Gutiérrez, Celso Albelo, Elena Xanthoudakis, Michele Pertusi, Elizabeth Sikora, Jihoon Kim, Elliot Goldie. Orquesta y Coro de la Royal Opera House. Dir.: Daniel Oren. Dir. esc.: Marco Arturo Marelli.

Más de uno, entre los que acogieron el pasado dos de noviembre el regreso de La sonámbula al Royal Opera House, habría quizás agradecido que el paisaje alpino que hace de fondo (y tampoco tan de fondo) a la ópera belliniana le hubiera ofrecido la ilusión, incluso sólo momentánea, de encontrarse él también en la cima de una de las tantas montañas suizas, sinónimo de sol y aire puro. Lamentablemente esto no ocurrió (mientras fuera caía, incesante, la fría y monótona llovizna londinense). Pero no echemos la culpa de esto a Bellini.

En la puesta en escena de Marco Arturo Marelli, que este año cumple diez años y reaparece por primera vez desde 2002 en la escena londinense, la love story entre Amina y Elvino está enteramente ambientada en una tan moderna como aséptica casa de curas, toda en blanco, negro… y gris. El aspecto, en realidad, es más el de un salón-restaurante de un anonimísimo hotel trendy, aderezado para los huéspedes con piano de cola y teatrito. No importa cuánto de vastos sean los ventanales que dan al sublime paisaje montañoso; no importa que los Alpes, en el horizonte, sean la escena natural desde la cual se abre el telón del modesto teatro; ni sirve que una instantánea pictórica de esos montes y esos valles esté enmarcada y colgada en la pared por encima de la barra del bar. Las imágenes y los sonidos pastorales entre los que se entretejen el libreto de Romani y la partitura de Bellini están condenados a permanecer siempre en segundo plano, demasiado en el fondo. Cuánto esfuerzo entonces, para imaginar, con el conde Rodolfo “il mulino! il fonte! il bosco!”, de cuyo recuerdo se desencadena la magnífica cavatina del bajo, Vi ravviso, o luoghi ameni. Y cuántas veces las maderas y trompas bellinianas –que querrían evocar, evidentemente, el paisaje sonoro pastoral– se quedan, ahimè!, como mudas.

Inevitablemente, dado lo estático de la puesta en escena de Marelli, que como se ha dicho no prevé cambios de escena, el espectador se siente obligado a inspeccionar cada centímetro cuadrado del espacio escénico. Este último está poblado de una gran variedad de objetos, algunos de los cuales asumen, a veces inexplicablemente, una especial importancia: el retrato de la madre, desaparecida prematuramente y que Elvino lleva siempre consigo; el grueso abrigo de pieles del conde Rodolfo, que en las dos escenas de sonambulismo se transforma (sobrepasando los límites de lo inverosímil) en edredón para una Amina dormida sobre el suelo del escenario; o el vistoso vestido rosa de Lisa (una de las pocas notas de color que Marelli concede al público). Relegadas invariablemente al fondo, sin embargo –y el contraste con los objetos “protagonistas” es fuerte– están una serie de figuras melancólicas: los pacientes, algunos de ellos condenados a la silla de ruedas, que pasan el tiempo mirando fijamente las montañas que se erigen más allá de los inmensos ventanales, con la mente perdida en sabe quién qué pensamientos. Éstos (y otros) son los ingredientes que constituyen la “lectura psicoanalítica” de La sonámbula elegida por el escenógrafo suizo. Una lectura, ciertamente, no de todos ni por todos compartida, pero que al menos llama la atención sobre el papel que el recuerdo –de un padre desaparecido, de la propia infancia, o de los lugares de toda una vida– posee en el mundo de los personajes bellinianos.

Este leve sentido de melancolía (casi apatía) persistió el pasado dos de noviembre también en el canto de Eglise Gutiérrez. La soprano, en el papel de Amina, ofreció al público una actuación extraordinaria en cuanto a limpidez y control de la coloratura, pero de escasa presencia dramática. Al contrario, Celso Albelo fue un Elvino que estuvo siempre muy (incluso demasiado) presente, con perfecta dicción y voz potente. Lástima que en demasiadas ocasiones su vocalidad spinta haya resultado inadecuada. Elena Xanthoudakis (Lisa) estuvo particularmente convincente en su empaque escénico y, casi en soledad, se hizo cargo de devolver al público los matices cómicos de la ópera semiseria belliniana. La mejor actuación, sin embargo, fue la de Michele Pertusi en el rol del conde Rodolfo. El bajo demostró todo el tiempo una profunda conciencia del significado de cada palabra, y fue capaz tanto de comunicar la interiorización de las emociones en el recuerdo como de arrastrar humorísticamente al público en los momentos cómicos previstos en su papel.

Por último, el director Daniele Oren. Si tan sólo su batuta hubiera concedido un poco menos de libertad de exhibición canora a los dos cantantes principales y hubiera incitado a la orquesta a sonar con más energía (rítmica y dinámica) quizás la producción entera habría parecido más viva y no se habría arrastrado con tanta dificultad. En el fondo La sonámbula es sinónimo, sí, de bel canto decimonónico, pero es también una ópera que, en el momento en que ha sido resucitada en los modernos escenarios, pertenece también al siglo XXI. Un siglo que, heredero de una ya larga tradición, considera al director de orquesta el jefe (indiscutido) de todo el reparto vocal y orquestal.

Francesca Vella

Trad. del italiano: Cristina Aguilar

Artículo publicado originalmente en Jugar con fuego. Revista de musicología

Archivo histórico: entre febrero 2011 y enero 2012

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