Mario Vargas Llosa,Escúchalo en Spotify

Firma W. Swan

Mario Vargas Llosa,

debo confesarle que no puedo referirme a usted como querido.

Si la miro como una palabra formal, de esas que encabezan la correspondencia de los papeles importantes, prefiero bajar los párpados o tapar mis ojos con las manos. Rápido, rápido. Si la mimo con aires de señora de Múnich, mein Lieber… o como una mujer de cuarenta y tres años nacida en el Madrid de Goya, querido… ¡resultaría infame! Desde luego. Usted no es el chófer de la limusina que me lleva hasta Prada, aunque en ocasiones lo consiga. De hecho, me ha trasladado a Lima.

Puedo leerlo, sí. Pero no puedo escuchar cómo me cuenta su historia, cómo ensaya, cómo novela, algo parecido a Flaubert buscando le mot just. Y ciertamente sí, acabo de copiarle, pero sólo un poco. Aunque usted no la considere como una manía de escritor, permítame hacerlo a mí. Si le parece, éste será nuestro primer secreto. Y para mí, la palabra secreto implica… implica… ssssssss….sí o sí.

Siempre he creído que los griegos –los que hacían música– fueron los creadores de los secretos –y esta quimera no me la ha contado mi abuela–. Me imagino sus conversaciones sobre armonía y música de las esferas. Y sin embargo, ya sabían que estaba todo en el alma. Secreto secreto. Definitivamente, todo es forma y fondo.

Nunca hemos hablado de música porque nunca hemos hablado. Por ello, no sé si disfruta tanto de ella como lo hago yo. Y en concreto, de esa música que algunos llaman culta, otros clásica, y algunos música de la élite. ¡Malditos bastardos! ¡Excusas, estúpidas, para no acceder al placer! Entiendo que indagar, ser curioso, averiguar, bucear, fisgonear, entrometerse, intrometerse, sumergirse… puede resultar una tarea intrépida, como cuando el pirata busca tesoros. Sobre todo, cuando descubres uno grande. Muy grande. Y quieres más. Más más más. Y al final, te estrangula.

He descubierto algunas músicas. Sin embargo, y aunque los médicos que curan confíen en los tres dígitos para una esperanza de vida real, creo que moriré sin haber escuchado algunas de las grandes obras. También las pequeñas. Y eso me entristece.

Los cuartetos de Haydn. El dos en Cm de Rajmáninov. Para piano. El maestro Rodrigo, maestro delicado. O mio babbino caro. Los madrigales de Caccini. La L mayúscula de Liszt. Las sextas de Josquin Desprez. Y la misa para Ockeghem. El Requiem de Fauré. El kyrie del Requiem de Fauré. Madame Bovary.

Supongo que la madame no tiene el mismo olor que la mujer de Faulkner. ¿Él estuvo casado? Tal vez se parecía más a Chaikovski. Las enamoró. Incluso se casó con ellas. Alguna decidió suicidarse –como las vírgenes de Sofía Coppola– y él terminó evidenciándose ante los hombres.

Me he enterado de que ha ganado un premio Nobel. Supongo que se lo han preguntado en más de una entrevista, y en más de veinte y ochenta, pero me gustaría saber si ha dado la vuelta. Si esto no ha sucedido, devuelva el premio y que se lo canjeen por otro producto.

Ha dirigido Pantaleón y las visitadoras. ¿Se imagina dirigiendo a la Filarmónica de Viena? ¿Interpretando una sinfonía de Mahler? Ser director de orquesta y presidente de un gobierno no es la misma cosa, aunque los dos sean tan poderosos como para cambiar. Personas. Leyes. Vidas y muertes.

He leído algunas frases suyas, y me atrevo a decirle –segundo secreto– que debería considerar la idea de dirigir una orquesta. Creo que se trata de ordenar ideas musicales con elegancia. La elegancia es natural. La música se la regalaron los griegos, en caja de cobre. Sólo le falta poder para domarla, algo que ya ha logrado con las palabras. ¡Qué desmesura!

Mando un gracias fuerte,

 

W. Swan.

Postdata: le envío un fragmento (para que vaya empezando… tercer secreto…)

Partitura lago de los cisnes

Carmen López García

Artículo publicado originalmente en Jugar con fuego. Revista de musicología

Archivo histórico: entre febrero 2011 y enero 2012

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