Je ne regrette (le) rien

“¿Miedo al vacío? Pss, qué va”. Ésas o parecidas serían las palabras que Alicia pronunciaría, en imaginaria entrevista, años después de su aventura en el País de las Maravillas. Y es que a la joven le resultan anodinos conceptos como “desconocido”, “frío”, “oscuridad”, “vértigo” tradicionalmente incluidos dentro del campo semántico del vacío y meros sustantivos si se comparan al transcurso de la maravillosa –y engloba esta palabra todo lo que contiene de feérico y ultraterrenal– aventura.

La música, en aún más imaginaria entrevista, quizás respondería más enfáticamente, con cierta chulería: “Miedo al vacío, ¿¿yo??”. ¿Y qué iba a responder una disciplina compuesta sólo de aire? Intangible, inabarcable, como experiencia algo prácticamente inconservable. Para colmo, su presencia se ve siempre reforzada por el concepto de “hueco”: desde la columna de aire, que vibra para producir el sonido en los instrumentos de viento hasta la caja de resonancia, intrínseca a gran parte de la producción sonora. Transformados en liliputienses, imagínense la posibilidad de habitar en el interior de un violín: su húmedo olor, desagradables y constantes chasquidos de madera vieja; sin calefacción y ¡ni siquiera bacterias! ¿Miedo? ¡Psé!

Si acercamos el foco a la producción musical y no hacia sus órganos creadores entenderemos aún mejor la enfática respuesta. La música es una disciplina pura, pulcra, cuidadosa, –¡una matemática sucesión de ondas periódicas!–, y, sin embargo, a lo largo de la ejecución en innumerables ocasiones se interrumpe el flujo que se supone debería ser constante (imagínese aquí a nuestra protagonista como un conducto o tubería) y Música se encuentra de repente al borde del traspiés, contemplando desde arriba el abismo del silencio, o del ruido –que al final, como bien sostenía John Cage, vienen a ser casi lo mismo–, pero manteniéndose milagrosamente en posición estable. Es más, aprovechando los baches.

Al mencionar estos grandes precipicios no nos referimos a desafinaciones, notas falsas y demás problemas que ocurren en toda interpretación. No, hoy no nos hemos puesto el disfraz de “crítico musical”. Aludimos al hecho de que la mayoría de instrumentos –con alguna que otra diferencia los eléctricos, como el theremin– son incapaces de emitir los sonidos en una sola exhalación. Levantar la mano del piano, la respiración o el paso del arco por el violín son movimientos inevitables que crean pequeños retazos de vacío, mucho más trascendentes de lo que se pudiera pensar. Deben entenderse como condición fundamental de la creación, al igual que el pintor levanta su pincel un instante –por necesidad o para meditar– (¡afortunado artista que no está limitado por el factor tiempo!). Pero el efecto de estos instantes fortuitos tiene, si se realizan en el momento justo (y oirán a los críticos llamarlo “fraseo”), inigualables efectos en música.

Es por ello que un análisis detenido de la voz cantada es enormemente atractivo. Siendo puristas, como lo es la música misma, resultaría que toda consonante sorda es ruido, vacío musical (afortunadamente tenemos bastantes: /f/, /x/, /s/, /p/, /t/, /k/…), y en general todo tipo de consonante un sonido bastante impuro, o, en cualquier caso con las frecuencias armónicas muy alteradas. Podríamos hablar ahora, por tanto, de cómo se han servido –y con excelentes resultados– los nacionalismos de este recurso para diferenciarse de la ópera italiana en música vocal a lo largo de la Historia de la Música, o de la magnífica dicción de María Callas –heredera de su vocación dramática, de la entonación del recitado–, o del particular énfasis en las consonantes en cantantes gallegos como Xoel López (¡menuda ? velar!) y Luz Casal (tanto que siempre llega con un poquito de retraso respecto a la banda que lo acompaña, creando un precioso contrapunto musical)… ¡Y qué decir de Edith Piaf!

Pero no, no vamos a hablar de todo eso. Es preferible acabar el artículo en lugar de llenar páginas y páginas de exclamaciones admirativas. Primer y último motivo: contentarla. Ya sabemos –por mucho que genios como Wagner no quieran reconocerlo– que la música no le teme al vacío. En cuanto a nosotros, no nos queda otra que imitarla.

Fotografía: Irene Medina.

Publicado en diciembre 2013

 

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