Crítica
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Vista de arco

L. Kavakos y E. Pace: de la amargura al virtuosismo y su contagio al público asistente

Sonata para violín y piano nº1, S. Prokofiev; Selección de preludios para violín y piano (estreno en España), L. Auerbach; Sonata para violín y piano nº9 “Kreutzer”, L. van Beethoven. Leonidas Kavakos (violín) y Enrico Pace (piano). Ciclo Ibermúsica, 19 de abril de 2012 en el Auditorio Nacional.

Para la crítica del concierto del 19 de abril del ciclo Ibermúsica en el Auditorio Nacional Síneris cede la palabra nada más y nada menos que al arco de Leonidas Kavacos, con quien, acabado el concierto, tuvimos la inestimable oportunidad de charlar.

“Si me lo permiten durante nuestra conversación me recostaré aquí, en mi sofacito de fieltro rojo, destensado… Estas funciones son realmente agotadoras para mí; y como han visto, en esta ocasión ¡no salí muy bien parado!

Todo empezó en el momento en que salimos a escena mi maestro, Violín, mi compatriota Enrico Pace y un servidor. Una rápida mirada del piano, ya en escena, me hizo comprender que las cosas no iban a comenzar muy bien: un público éste el de Madrid –como el de todo el mundo, por otra parte– dividido entre los ruidosos y los que hacen ruidos para contener los ruidos de los ruidosos. ¡El maestro, como buen músico, percibe cualquier onda sonora no periódica! Todos los que ocupábamos el escenario percibimos su tensión, in crescendo, preguntándonos: ¿habrá algo que la Sonata para violín y piano de Prokofiev no pueda solucionar?

Sin darnos más tiempo a meditar comenzó una solemne y tétrica marcha fúnebre ejecutada decidida pero suavamente por los dedos y antebrazo del pianista. Aliviados por esta llamada a abandonar el mundo real e introducirnos en mundo del arte, comenzamos Violín y yo con nuestro trino. Verán, es importante tocar bien este trino, marca por sí mismo el carácter desesperanzado de la obra, compuesta entre 1938 y 1946; años no sólo de guerra, sino también de comienzo de la represión cultural soviética. Y el maestro también lo sintió así, renunciando a regañadientes a su inicial indignación. E incluso parecía que estábamos consiguiendo coger al público, hasta que… (recordar este momento todavía me da estremecimientos; casi más que las primeras notas de la obra) un sonido proveniente de esos aparatos que sirven para darse gritos a sí mismo comenzó a sonar. Excusa perfecta para que el maestro volviera al estado con el que había entrado en escena. Una situación similar se produjo en el momento en que, lo recordarán, el público pensó que la obra había acabado cuando faltaba la mitad del cuarto movimiento. Sí, si me dicen ustedes que ni siquiera estaba bien indicado en el programa de mano… Creo, y el gesto que ustedes tienen me lo confirma, que el malestar de mi maestro se transmitió de alguna manera al público asistente, se movía, tosía… Estos son unos de los pocos códigos de rebelión que tienen ustedes desde sus butacas mientras nosotros, en el escenario, podemos desfogarnos como nos venga en gana. Creo que en el auditorio el reparto del desahogo de sentimientos está muy mal distribuido, siempre lo he pensado.

Admirable, y ya les he felicitado aunque háganlo también ustedes, la concentración musical y la suavidad –que dulcificaba nuestras grises intervenciones– que pianista y piano consiguieron durante toda esta primera parte, de manera también destacada en las obras de la compositora contemporánea Lera Auerbach, que sucedieron al Prokófiev. Cada una de estas piezas cortas es de un carácter muy distinto, que requieren por parte del violín y mío el dominio de diversas técnicas. Sin embargo, como ya he dicho, yo estaba obnubilado por la capacidad de expresividad del piano, con quien establezco un intermitente contacto visual que me encanta. La variedad de timbres, especialmente bien conseguido por Pace –que hace justicia a su nombre, también en la interpretación y a pesar del ambiente que le rodeaba– en los pianos y pianísimos, siempre me hace meditar sobre la fisionomía humana: ¿seguro que están hechos ustedes de una sola pieza? Parecería, a juzgar por el resultado que, como Violín y yo, están ustedes compuestos por distintas partes encargadas de cumplir diferentes funciones en cuanto al sonido. Eso sí, muy bien ensambladas. Emitían sonidos que parecían provenir de la naturaleza y que, por su capacidad de sugerir la evasión, justifican el título de Adagio sognando, nombre que recibe una de mis piezas favoritas de la selección. El caso es que yo soñaba todo el tiempo, envuelto en la atmósfera del Andante, aunque, a medida que nos acercábamos al final se imponía –sobre todo a través de mi maestro– una paz, sí, pero tensa, nerviosa, inquietante… No estoy seguro, ustedes me lo podrán confirmar, pienso que la selección enlaza muy bien con el Prokófiev, esa tranquilidad, que como la del mar –que vi sólo una vez pero me produjo un miedo atroz–, esconde en su interior un potencial de destrucción virulento, despiadado.

Aplausos y toses preludiaron el fin y el comienzo del descanso, tras el cual, como si fuera otra persona, salió mi maestro, contento como unas castañuelas ante la perspectiva que se le presentaba: ¡Beethoven! (Sonata para violín y piano “Kreutzer”), relajando el ambiente de inquietud que él mismo había favorecido durante la primera parte. Predominaba un cierto talante de receptividad: todo el mundo estaba bien dispuesto hacia el genio decimonónico. Todo el mundo… menos yo.

¡Beethoven! ¡Qué capacidad tienes para satisfacer a mi maestro y conseguir hacer que desate, como una alegre tormenta de verano, toda la energía acumulada! Lástima que sea yo el mediador y víctima de todas estas energías. Por eso estoy tan cansado, miren, miren mis dos miembros amputados, mis dos valiosísimas cerdas… Pero todo sacrificio merece la pena con tal de ayudar a producir esos velocísimos e impactantes –y no es porque los haga yo, todo es mérito de mi maestro– destellos que emiten las notas del Presto del primer movimiento, cuya velocidad no me permite ni siquiera establecer mi amado contacto visual con las falanges de Pace, cuyo arte, me temo y pido disculpas, se ve quizás reducida a un segundo plano, arrollada por el virtuosismo de mi maestro, quien, embrujado por la magia de la velocidad y la técnica, ni siquiera se interesa por esa expresividad oscura de los Adagios o la gracia de los Andantes. Utiliza todo movimiento intermedio como descanso y freno para coger carrerilla para el siguiente Presto, en el que se deja sentir –¡y sobre todo yo padezco!– de nuevo su rapidez y brillantez de sonido, casi ultraterrenal, diabólico pero luminoso.

Durante la propina, dolorido pero disfrutando de nuevo de la expresividad del piano en comunión con la nuestra, meditaba yo acerca de la diferencia de actitud de público y auditorio en la primera y la segunda parte. ¿No lo han notado ustedes? De la antipatía, del enfado contenido, de la tristeza –pero no dulce, sino amargada– de la primera parte hemos pasado a una segunda alegre, activa, irrefrenable, luminosa… Al ser recíproca la emisión de sentimientos por parte de intérpretes y público, meditaba yo sobre lo eficaz que es hacer un poquito de performance desde el escenario. Y rumiaba yo, digo, que a lo mejor mi maestro no estaba realmente tan enfadado al comienzo de la velada. Si fingía en una sublime actuación, ha conseguido que el público conectara con todos los sentimientos negativos –miedo, inseguridad, tristeza, amargura– que presidían las dos primeras obras, dulcemente suavizados por el concierto tímbrico del piano, y en gran contraste con la segunda parte, cuya filosofía estética estaba presidida por la alegría inocente que desprende el virtuosismo. Todo ello se contagia al auditorio de manera visceral, diría yo. ¿Y no debería ser ésta la finalidad de la música?

Me encanta mi trabajo, y mi maestro, y tras conciertos como éste ya no envidio a las falanges de Enrico Pace, a quienes tanto admiro. Aunque, eso no se lo voy a negar, hay un miedo, pánico, que ellas nunca podrán temer y que yo arrastro conmigo desde hace muchos años. Y es que ellas nunca corren el peligro de acabar en el ojo de algún incauto espectador, producto de un repentino arrebato musical.”

Cristina Aguilar

Foto de Yannis Bournias tomada de Classical Music

Publicado en mayo 2012

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