Crítica
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Lina es Cenicienta

La danza oculta de Serguéi Prokófiev

La Cenicienta, Serguéi Prokófiev. Dutch National Ballet. Christopher Wheeldon, coreografía; Ermanno Florido, director; Craig Lucas, libreto; Julian Crouch, escenografía y diseños; Anna Tsygankova, Cenicienta; Matthew Golding, Príncipe Guillermo; Larissa Lezhnina, Madrastra Hortensia; Megan Zimny Gray, hermanastra Edwina; Nadia Yanowsky, hermanastra Clementine; Remi Wörtmeyer, Benjamín. Amsterdam Music Theatre (2012). Temporada Diferidos 2015 – 2016. Cines Cervantes Zaragoza, 22 de octubre de 2015.

Dicen que Serguéi Prokófiev escribió en su diario que la verdadera Cenicienta de su ballet era Lina, su esposa de nacionalidad española y que terminó partiendo a la URSS, donde acabó en un campo de concentración estalinista hasta que fue liberada y marchó a Reino Unido. Dicen, por tanto, que la Cenicienta de Prokófiev es trágica, porque la historia de Lina así lo fue.

Sin embargo, el cuento de Cenicienta requiere de un decorado grandioso que no existió en la vida de Carolina Codina Nemysskaya (Madrid, 1897 – Londres, 1989). En la ficción, el amor salva a la protagonista de un destino de esclavitud y olvido; en la realidad, el matrimonio trajo tristeza, frustración y abandono. Pero si algo compartían ambas personalidades era la fuerza vital por seguir adelante pese a las adversidades.

Esta característica supo aprehenderla exquisitamente el coreógrafo Christopher Wheeldon para su producción de 2012, que sigue siendo una de las más recordadas por la gestión de los cuerpos en el espacio y la interacción con los elementos de la escenografía, los cuales jugaban un rol simbólico preciso. Wheeldon (1973), de talento indiscutible, comenzó sus estudios en el Royal Ballet School, pasando por el New York City Ballet hasta llegar a convertirse en coreógrafo del San Francisco Ballet y del Bolshói.

En tres actos de una puesta escenográfica espectacular por las fotografías casi imposibles que se creaban, Julian Crouch y Basil Twist desplegaron todo su haber imaginativo. Anna Tsygankova pasaba de bailar sobre la mesa giratoria de la cocina de la residencia de su madrastra, subiendo y bajando de sillas a suelo con una destreza delicada, a dirigirse a la gala de sus sueños en un carruaje humano que la elevaba hasta el remoto paraje donde la brisa hacía ahondar su divino y larguísimo pañuelo. El final no era para menos: cuando el príncipe encuentra a su princesa, las sillas sobre el escenario súbitamente levitaban y la escena retornaba al decorado con el que se iniciaba este ballet, el árbol que repentinamente crecía (¡en directo!) de la tumba de la madre de Cenicienta.

Cuerpos relajados de movimientos libres con el fin de desinhibir la personalidad de los bailarines para interpretar unos caracteres que implicaban situaciones no cotidianas en la danza (por ejemplo, la madrastra se emborracha durante el baile, haciendo así un guiño al Manon Lescaut coreografiado por Kenneth MacMillan). Quizás el único que no estuvo a la altura fue el príncipe, Matthew Golding, con una interpretación bastante aséptica; no obstante, sus compañeros de reparto fueron excepcionales, destacando con creces Larissa Lezhnina y Nadia Yanowsky por su expresividad y su técnica.

En el ballet cada detalle debe estar medido no sólo con la cabeza, sino también con el corazón, y esto resulta de un ejercicio de gran complejidad respecto a la sofisticada partitura que compuso Prokófiev entre 1940 y 1944. También por lo sarcástico, puesto que presenta partes musicales cómicas en las que deben encajar los roles, diría yo, inspirados en la commedia dell’arte, de las hermanastras. Aparte, en esta producción se insertaron dos personajes más, uno era el amigo del príncipe, Benjamín, hijo del ayudante de cámara del rey. El otro estaba desarrollado por cuatro bailarines, el Destino, que acompaña a Cenicienta tanto en lo bueno como en lo malo, teniendo siempre una presencia en la que los bajos adquieren gran responsabilidad motívica.

“Gavotta”, “Bourrée”, “Mazurka” nos conducen hasta el vals de dos que se anuncia continuamente en la obra pese a prevalecer una melodía de sombras e inquietudes ocultas que se repite casi siempre introducida por los violines. Lo tenebroso en la armonía se entremezcla con la alegría rítmica en una obra que, musicalmente, conociendo un poco más la biografía de Lina, encajaría como la banda sonora de su vida. Niebla, lucha y, finalmente, paz.

Andrea P. Envid

Fotografía: dancetabs.com

Publicado en octubre 2015″ id=”mes” border=”none”/>

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