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Lo irrefrenable* Escúchalo en Spotify

Radio-grafía de la emoción

Cuando Philippe nos envió el diccionario de emociones para estas jornadas, recuerdo que me quedé quieta. Con la mente en blanco. Paralizada. No dejaba de preguntarme ¿cómo podría yo ser capaz de escribir una sola línea sobre la apertura y la emoción como vehículo a la felicidad, la risa, el optimismo? Yo, que tan fiel había sido al determinismo de Schopenhauer al pesimismo de Cioran o al existencialismo de Kierkegaard. A los pocos días embolsada en este poso de silencio y de vacío, y tras estar una y otra vez escuchando el último trabajo de Arvo Pärt, Adam’s Lament, sentí esa sensación de inmensidad que no abarcaba mi cuerpo y que dos días antes era incapaz de describir. La música era la emoción. Y la respuesta a esa emoción era la música. Ambas estaban a mi lado, tocándome el oído.

 

abrir la puerta a todo lo que no sea infierno y darle espacio [Italo Calvino]

¿Qué es la música? El baile. ¿Y qué es el baile? El deseo irrefrenable de saltar.1 Así podría comenzar cualquier libro de Pascal Quignard. Pero la emoción también es irrefrenable. Es conmoción irrefrenable. Es reactividad irrefrenable. Radioactividad irrefrenable. Es repetición irrefrenable. El estímulo irrefrenable. El completo estado gaseoso y psicológico que implica cambios repetitivos fisiológicos, cualitativos, cognitivos, expresivos. La música intima con mi emoción plural, compleja e irrefrenablemente. Activadora de emociones extrínsecas e intrínsecas, en ella percibo cualidades expresivas, impresivas y un cúmulo de fuertes sensaciones.

Todo lo que entra en mi oído me toca al instante. Lo que carece de temblor no es sólido. La música es sólida porque tiembla emoción irrefrenable. Y la emoción es el arte de temblar. Si la música es emoción y la emoción temblor, tautológicamente, la música es temblor –irrefrenablemente–. Y es ese el seísmo que separa mi cuerpo en-tierra y junto a él su alma. Todo se transmuta en aire. Pierdo el peso específico del oxígeno, que volatilizado en vena, reenumera el aire de esa antigua arteria. Y ese todo transmutado es emocionante-mente-carne. Materia perfecta donde mi cerebro es el maquinista-jefe que espiritualmente guía el casi nunca de un todo que se revela casi nunca siempre místico.

 

Experimento
Escribir la emoción desde la emoción de la trigésima quinta audición del Salve Regina de Arvo Pärt (Adam’s Lament sobre textos de Silouan)

Cuando escucho los 12 minutos del Salve Regina, me parece que el mundo está recién hecho. Cuando escucho los 12 minutos del Salve Regina, me parece que el mundo está recién hecho. Cuando escucho los 12 minutos del Salve Regina, me parece que el mundo está recién hecho.
Cuando escucho por trigésima quinta vez los 12 minutos del Salve Regina, me parece que ese mundo recién hecho se ha hecho 35 veces nuevo en 12 inéditos minutos. ¿Cuántas veces se puede re-hacer un mundo? Tantos treintaycincos como ese Salve Regina toque mi doceavo oído. ¿Puede ser nuevo un mundo que se ha rehecho 35 veces en los 12 minutos del último mundo? 420 mundos nuevos por explorar.

Esta es la actividad eléctrica de mi cerebro, que reducido al no-movimiento del primer mundo se abre a un nuevo mundo por minuto. Las notas –alegorías de descargas eléctricas– avanzan por el camino abierto de mis venas para volarse por el aire suelto. Mi cuerpo se sacude esa felicidad electrizante y le nacen numerales ramificaciones que se sumarán a la unidad del tronco mater. Esta actividad actúa en mí como un germen. Es semilla primigenia que me crece dentro hasta que nada cabe en el habitáculo de mi cuerpo. Y todo exige salírseme, expandírseme, abrírseme. De un yo intrínseco a un extrínseco. Es la raíz que abre ese círculo de tierra y tiza donde se asienta el Gran árbol de la vida.

Y en la escucha de ese Salve, 35 de los más de 42 músculos que le han nacido a mi rostro se salvan. Se contraen. Se contradicen. Se afean. Se desencajan. Se abren. Yo no puedo verme pero siento cómo se multiplican mis cejas, que amplificadas, son techumbre de un hallazgo de lágrima y risa. Dicen de la risa y el llanto que son mecanismos aliviadores de tensión. Para mí son eso, la descarga de electricidad cuando mis nervios se re-sienten –de duplicar sentir– o la sorpresa o lo inesperado o lo invencido se cuela sin avisos entre carne. Mi sistema nervioso central y su ala periférica se transmutan. Es la conducción ósea del sonido, resultado del hecho de que las orejas no tengan párpados ni paredes que tapien lo que les llega de fuera. El sonido que les entra será, por tanto, siempre irrefrenable.

 

La persona que danza se encierra, de algún modo, en una duración que ella engendra, en una duración hecha de nada que pueda durar [Paul Valéry]

La música germina materia tan sólida en mí que todo mundo interior explosiona hacia afuera. Y en ese afuera todo es irresistiblemente apertura. Emoción tan emocionante que acaba emigrando, al no serle flexible el habitáculo óseo-espacial de mi limitado yo más intrínseco. Ella siempre es la gota que colma el vaso, donde mi cuerpo es el vaso y la música gota que llena incansablemente ese vaso. Y así sigue llenándolo, incluso cuando esa gota –nunca última– se desborda en las aceras de otros vasos, los sanguíneos. A-negándome. Pero re-afirmándome. Solo entonces, cuando tengo la soga el agua la gota el Salve el hueso y la música al cuello–, siento que el espacio estelar es irrefrenable y que el mundo no cabe en el mundo. Y la soga el agua la gota el Salve el hueso y la músicano caben en el cuello. Las ideas no caben en el pensamiento. Los pájaros no caben en el cielo. Los ciervos no caben en los bosques. El ruido no cabe en el silencio. La risa no cabe en la boca. El Salve no cabe en su Reina. Adán no cabe en aquel paraíso perdido. La música no cabe en la caja. La oración no cabe en el salmo. El amante no cabe en su amado. Las notas no caben en el pentagrama. La lágrima no cabe por la puerta. El hijo explota placentas. El padre no cabe en la madre. Y los hijos de sus hijos no caben en sus infantiles cuartos. Ya nada cabe en nada. Porque sentimos que no cabemos en el espacio. Porque sentimos el dolor pero no la ausencia de este. Sentimos el escándalo de la soledad pero no su hallazgo. Sentimos el naufragio pero nunca el pie a tierra. El mar de escollos pero no la calma. Sentimos el temblor de la música pero no su resistencia. Su existencia pero no el deseo de circundarla. Sentimos la oquedad pero no aquello que completa el hueco. Porque sentimos la nada pero no la ausencia de esta.
Maciza e irrefrenable música que nada en la mismísima nada cuando entra en nosotros y se escampa por la nada con su calidad de inmensa.

Viktor Frankl escribió en su libro:2[…] debo relegarme a mí mismo, postergarme, pasarme por alto como el ojo debe pasarse por alto para poder ver algo del mundo. Y siguió:3 […] porque existir significa salirse de sí mismo y enfrentarse consigo mismo.
Así existo yo en la música, exorcizándome de mí.

Pascal Quignard, con quien abrí estas páginas, también lo sintió en su Vida secreta:4 no hay diferencia entre música y amor: escuchar una auténtica emoción extravía por completo.

Y este extravío también es irrefrenable.

Nuria Ruiz de Viñaspre

NOTA: Escribí estas palabras escuchando por trigésima sexta vez los 12 minutos del Salve Regina de Arvo Pärt.

Fotografía: http://cnnespanol.cnn.com/2013/01/18/como-afecta-a-tu-cerebro-cada-genero-musical/ (portada), y http://www.rtve.es/alacarta/videos/redes/redes-estimula-tu-cerebro-para-vivir-mas-mejor/1921047/

* “Lo irrefrenable”. Ciclo de coloquios El creador y su crítico 4.5.6.: De las emociones (director Philippe Merlo-Morat), Lyon, GRIMH-Passages XX-XXI, (próxima publicación 2014).

1 QUIGNARD, Pascal. Butes. Barcelona, Sexto Piso Editorial, 2011.

2 FRANKL, Viktor. El hombre doliente: Fundamentos antropológicos de la psicoterapia. Barcelona, Herder Editorial, 1994.

3 FRANKL, Viktor. La psicoterapia al alcance de todos: conferencias radiofónicas sobre terapéutica psíquica. Barcelona, Herder Editorial, 1995.

4 QUIGNARD, Pascal. Vida secreta.Madrid,Espasa Editorial, 2004.

Publicado en octubre 2013

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