Crítica
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¡Los payasos a escena!

Espejismos, ilusiones e imposturas en el Teatro de la Zarzuela

Black, el payaso, Pablo Sorozábal. Pagliacci, Ruggiero Leoncavallo. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 9 de abril de 2014. María José Moreno, Juan Jesús Rodríguez, Rubén Amoretti, Javier Galán, Nuria García-Arrés, Jorge de León […]. Ignacio García, dirección de escena. Donatto Renzetti y Doménico Longo, dirección musical. Orquesta de la Comunidad de Madrid, Coro del Teatro de la Zarzuela.

Imagínese, querido lector, que por unas horas pudiese estar en un mundo colmado de animadas luces y vistosos colores. De risas. De sueños. De imposibles que, sin embargo, suceden. Un mundo en el que los contrarios son llevados a la hipérbole para demostrar su semejanza. Donde la fuerza de la gravedad deja de ser una restricción y donde el tiempo discurre ágil entre bambalinas mientras el movimiento y la palabra, sugerentes, labran cualquier realidad susceptible de ser imaginada. Me refiero, evidentemente, a la ficción que llamamos circo.

Ahora, si me permite, imagínese que ese mundo se mostrase cansado. No por ello abandona la luz y el color, pero ha decaído su brillo. Cada personaje continúa en el papel, equilibristas, malabaristas, acróbatas, payasos, pero los embates de la vida van ganando terreno al maquillaje. Rostros deslustrados, esplendor perdido a fuerza de caminos.

La apuesta estética que ha realizado el Teatro de la Zarzuela con su última producción circula por estos derroteros. En el doble programa de Black, el payaso y Pagliacci, el esplendor de las multitudes de coloridos vestidos y los artistas puramente circenses contrastan con la sobriedad en la escenografía y un cuidado juego de luces que, las más de las veces, sugiere más que muestra. Y a través de esta atmósfera pueden yuxtaponerse dos obras de tan alejada concepción. Como valor añadido, el circo con sus malabaristas, zancudos y músicos de calle atraviesan las barreras de la ficción para fundirse con la realidad a la entrada del teatro antes del comienzo de la función.

La opereta Black, el payaso es quizá, de las dos obras, la que por su aparente lejanía más se enriquece con esta visión algo tenebrista. El montaje, ya realizado en el Teatro Español en 2007, tizna la necesaria opulencia de la pista del circo y la corte en que se desarrolla la opereta, recubriéndola de una pátina de melancolía y gravedad. Refuerza esto la revisión del texto realizada por María José García, que reduce significativamente las partes habladas en favor de la música, condensando la acción. Y, sin embargo, flaco favor le hace a la música que, de todo menos liviana, resulta difícil de asimilar sin las pausas establecidas inicialmente en la construcción de la obra. A duras penas esta densidad puede diluirse con la introducción de un maestro de ceremonias que, no cabe duda alguna, es interpretado de forma gloriosa por actor-cantante Emilio Gavira.

A pesar de ello, Black da cumplida muestra del género al que se adhiere. Sorozábal impregna la música de humor del mismo modo que Anguita lo hace con el texto, plagado de situaciones que ridiculizan los usos y costumbres sociales y que de forma manifiesta alude a la situación política en la España de 1942, año en el que tuvo lugar el estreno. La orquesta sintoniza a la perfección con este clima, más que con el propuesto por la sobria escenografía, y mantiene un plano de presencia algo elevado, alentada por ritmos y armonías que recuerdan a Gershwin y a Copland. De entre los cantantes, destacaron por su expresividad y proyección Juan Jesús Rodríguez (Black) y Rubén Amoretti (White). La soprano Nuria García-Arrés, a pesar de la pasión y el erotismo que imprimió a su fox-trot “Catalina, yo no he visto cosa igual”, no pudo con el entusiasmo de la masa orquestal, desluciendo su momento de gloria.

La escenografía sombría, casi fúnebre, que acompaña a Black encuentra plena justificación en la segunda de las obras de este doble programa. El drama verista de Leoncavallo sitúa la acción dramática en un lugar alejado del boato de las ceremonias cortesanas. El espectáculo es ofrecido por la compañía al aire libre, cuyo único medio es un carromato mugriento que hace las veces de escenario, transporte y hogar. Las relaciones entre quienes la conforman han sido pervertidas por los padecimientos de su vida errante y desafortunada. La única manera de enderezar sus caminos es la ruptura, de forma absolutamente conmovedora; cuando llega lo hace para siempre.

El tratamiento del teatro dentro del teatro, de la mentira en que viven inmersos los artistas de este circo y del juego de apariencias viciadas y sueños frustrados fue captado con fortuna por los cantantes. El tenor Jorge de León (Canio) supo transmitir lo visceral de su personaje sin por ello perder un ápice de perfección técnica, estando a la altura con una personalísima versión de “Vesti la giubba”. La soprano María José Moreno (Nedda) colmó de pálida luz la escena, haciendo brillar las coloraturas casi verdianas que Leoncavallo reservó para representar la cima de la hipocresía en ese particular baile de máscaras.

Un doble espectáculo, en definitiva, para despertar de su profundo letargo las más descarnadas pasiones. Para regresar a la más ingenua puericia en la que todas las ilusiones son realizables y, sin embargo, asistir al asesinato de tales quimeras ante tan cruda visión de la infamia humana.

Javier Pino Alcón

Imagen: Paul Cézanne, Arlequín, 1889-1890.

Publicado en mayo/junio 2014

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