Crítica
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Noches de Mahler y otras satisfacciones

Simetrías radiales

Mahler: Sinfonía nº 7, en Mi menor. Orchestre Symphonique de Montréal. Dir.: Kent Nagano. Madrid, Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). 20-03-2014. Ibermúsica, Ciclo Orquestas y solistas del mundo.

El pasado veinte de marzo se cumplieron dos meses desde que Claudio Abbado nos dejara. Terrible pérdida para la Música y quienes con ella disfrutan, cuyo único consuelo consiste en disponer de un amplísimo abanico discográfico que perpetúa en parte la labor del maestro. De todos sus trabajos audiovisuales, quizá el más relevante fuese la grabación en directo en el año 2005 de una serie de sinfonías de Gustav Mahler, con la Orquesta del Festival de Lucerna, bajo el sello EUROARTS DVD. Y, en esta ocasión, la relevancia no emana de la música, su calidad o la profundidad de su comprensión. Esa grabación es fundamental por cuanto tiene de reivindicativo. Debido al cáncer de estómago que le fue diagnosticado en el año 2000 tuvo que someterse a una operación para extirpar una parte de su sistema digestivo. Como respuesta a este duro revés, creó la Orquesta del Festival de Lucerna. Un canto a la vida. Un desafío a los propios fantasmas. El final, aunque dilatado, llegó. Pero la música, su música, sigue sonando.

El pasado veinte de marzo, ante el inminente comienzo de la Séptima de Mahler por la Orquesta Sinfónica de Montreal, entre remembranzas, pensaba en lo complicado que resulta acercarse a una interpretación limpio de expectativas, ajeno a esa necesidad de confirmar lo conocido. Kent Nagano –me decía– no es, ni fue, ni será Claudio Abbado. Para bien y para mal. Y, de hecho, para bien.

La Sinfonía nº 7 colmó el contenido del programa. Y no es para menos. Cinco movimientos y una duración total de, aproximadamente, noventa minutos. A pesar de que su composición se produjo de forma diferida –en primer lugar los movimientos de la Nachtmusik, II y IV, y un año después los restantes–, se mantiene una eficaz unidad lograda por la recapitulación motívica que tiene lugar en el último movimiento. Sin seguir un programa descriptivo, que Mahler sí emplea en su primera sinfonía, esta obra es ampliamente expresiva. En el movimiento central, un scherzo, ríen y chillan todo tipo de demonios que pueblan las noches, representadas por los movimientos que lo envuelven, cada uno con un carácter propio. El primero y último sirven de presentación y conclusión, completando una estructura basada en una suerte de simetría.

Acomodada la amplia orquesta, su director Kent Nagano se hizo presente sobre el escenario y, sin más pompa que la estrictamente necesaria, dio comienzo el primer movimiento. El bellísimo solo de trompa tenor –en esta ocasión una tuba tenor–, fue contestado por una trompeta rica en matices y con un color timbrado, muy apropiado para el característico motivo que vertebra la introducción a este movimiento. El ambiente es melancólico pero no por ello carente de belleza, quedos lamentos de ave son interpretados por las maderas de la orquesta, mientras las cuerdas empujan la música hacia un allegro con reminiscencias de marcha fúnebre.

La atmósfera de la primera serenata nocturna contrasta con el primer movimiento. Es de noche, en el campo, pero no hay temor alguno. Tampoco hay visos de melancolía o nostalgia. El peso motívico, de carácter apacible, recae de forma sucesiva en las diferentes familias orquestales, que hacen de este movimiento algo fluido y natural. Recurre Mahler a la evocación directa del campo mediante la introducción de cencerros en pianísimo. Sin más sustento que ese, corno inglés, clarinete bajo y trompa llevaron a cabo sus intervenciones mostrando una extraordinaria sensibilidad, coloreando sus timbres y apurando al máximo unas dinámicas notablemente afiladas.

El Scherzo rompe con el carácter apacible del movimiento anterior. Los jirones de melodía circulan aparentemente caóticos sobre la orquesta que, no obstante su dificultad, mostró un gran conocimiento de la obra y un extraordinario trabajo de ensamblaje para dar continuidad a las “risas y chillidos” de demonios de los que habla Mahler. Sin embargo, esta heroicidad se cobró como víctima el minucioso contraste dinámico de la partitura. Los forte se mitigaron y los piano dejaron de tener la energía que hasta entonces habían mostrado, dando lugar a un movimiento central con menos prestancia que otras versiones. Sin embargo, esta lectura del Scherzo ofrece como contrapunto positivo la aproximación en carácter a la segunda de las serenatas nocturnas. La interpretación de ésta resultó ser de una nitidez asombrosa. La participación de guitarra y mandolina, exigida por el compositor, habitualmente queda empañada por la densidad de la masa orquestal que, en esta ocasión, supo mantenerse en el plano idóneo para resaltar el sonido brillante de estos instrumentos enfrentado al timbre de la orquesta. El final de este cuarto movimiento trajo el momento más emocionante de la pieza, con un diminuendo extraordinario, un último suspiro apenas audible que dio paso al rondó final.

La discordancia entre la atmósfera nocturna, íntima, del cuarto movimiento y el ambiente de esplendorosa luz del último se hizo patente. Los grandes contrastes dinámicos se respetaron con diligencia a lo largo de todo el movimiento, pero en los extensos pasajes intermedios caía la sensación de dirección. Además, la complejidad de la forma, semejante a un rondó pero ampliada con variaciones de los distintos temas expuestos a lo largo de toda la sinfonía, dificultó en esta ocasión la sensación de fluidez de manera puntual. El final fue apoteósico, evitando Nagano los habituales excesos en la percusión y los graves, y redondeando la sonoridad en conjunto de la orquesta.

Una interpretación, en conclusión, muy interesante, que llevó al público a ovacionar durante casi quince minutos a la orquesta y a su director. Aunque, si para algo vale mi opinión, de nostálgico empedernido, me quedo con Abbado.

Javier Pino Alcón

Foto tomada de: http://www.fondosya.com.

Publicado en abril 2014

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