Crítica
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Salomé

el deseo devastado y la hojarasca

Salomé de Richard Strauss. Festival de Teatro Clásico de Mérida. Gun-Brit Barkmin, Thomas Moser, Ana Ibarra, José Antonio López, José Manuel Montero. Dirección musical: Álvaro Albiach. Orquesta de Extremadura. Danza: Carlos Martos y Arantxa Sagardoy. Coreografía: Víctor Ullate. Dirección escénica: Paco Azorín. 2 de julio de 2014.

Es poco menos que una rareza encontrar una obra que sea capaz de representar un hito en la mitología particular de cualquier disciplina artística y que, en su trasvase a otro arte, mantenga esa misma cualidad. Sobre El Quijote cervantino Richard Strauss construyó una partitura portentosa, pero lejos de la trascendencia y modernidad del original literario. Vértigo es una película que bien podría representar la cima del séptimo arte, pero el libro del que procede apenas supera por dos palmos lo aceptable. Cuando un hito se transfunde a otro lenguaje y se perpetúa, lo resultante alcanza una dimensión terrible (terrible usado en su segunda acepción, difícil de tolerar). Ridley Scott, por acercarnos un poco en el tiempo, alcanzó esta dualidad excepcional en su primera película, Los duelistas, una pieza descomunal basada en The Duel de Joseph Conrad y capturada bajo el prisma nihilista y decadente del mejor pincel de Théodore Géricault.

Pero como decíamos esto es un hecho excepcional. Me inclino más a pensar que esta dificultad de permeabilización artística no es tanto problema del creador sino de la incapacidad por trasladar los resortes particulares del arte ajeno al campo propio. Una metáfora literaria funciona de forma muy distinta a una metáfora visual, y es improbable que el gran poeta sea a su vez gran pintor, algo que ya descubrieron los arcádicos venecianos de principios del XVI en sus famosas disputas sobre las jerarquías de los sentidos entre pintores, escultores y arquitectos. Entiendan esta incapacidad para reelaborar hitos como un atavismo de aquella Venecia, si quieren, pero el caso es que Salomé es única, una rara avis en todo su esplendor, trascendente en su origen literario a manos de Oscar Wilde, imponente en su reconstrucción musical de Richard Strauss. Necesarias ambas. Alex Ross comienza su famoso libro The Rest is Noise precisamente con el estreno de Salomé, pero el periplo de la obra, a menudo de la mano del escándalo, seguirá a lo largo de todo el siglo, desde el paroxismo de la soprano Olive Fremstad en un Metropolitan horrorizado en 1917 hasta la destitución de Peter Brook como director artístico del Covent Garden tras las escandalosas escenografías que encargó a Dalí en 1949. Wilde, Flaubert, Strauss, Rita Hayworth o Nuria Espert han participado del ascenso a icono cultural del personaje bíblico, y obras maestras como El retrato de Dorian Gray mantienen un vínculo estético e íntimo que no puede ser ignorado.

Puestas así las cosas, empecemos por decir que contar como escenario con el Teatro romano de Mérida para una obra de características tan peculiares como las que atesora la Salomé de Strauss es partir con mucha ventaja. Y lo es porque los inconvenientes que pueden suponer una acústica al aire libre o un montaje sin apenas maquinaria escénica quedan relegados a un segundo término frente a la potencia visual o la adecuación de toda temática mítica a este entorno. El Festival de Teatro Clásico de Mérida celebra su 60ª edición apostando por un montaje que tiene mucho de obra de arte total, entendida más desde la perspectiva de la camerata fiorentina: la palabra, la música, la danza y la arquitectura anudadas. El trabajo de imbricación entre el verso originario de Oscar Wilde y la música de Richard Strauss se complementa en este caso con el uso de los volúmenes arquitectónicos de Paco Azorín y la labor coreográfica de Víctor Ullate. Pero alejen los tufillos pretenciosos de este montaje: el menos es más se enarbola durante toda la representación para tranquilidad de los presentes.

Empezando por lo visual, la propuesta escénica de Paco Azorín fue sencilla y plena de consistencia, aportando matices pero sin distraer protagonismos para, como él mismo anunciaba, ser sensible a la piedra que los acoge. Una luna situada en un lateral del escenario iluminaba el teatro para hablarnos de su influjo sobre las mareas sentimentales de los personajes: su falso relieve se convierte en un símil de los que se acercan a Salomé. Y es este un guiño que, bien entendido, pertenece al ámbito de lo teatral: más de una treintena de veces se nombra a la luna en el original de Wilde, pero en su trasvase a la ópera este hecho se ve notablemente mermado a menos de diez. Azorín prefiere ceñirse al espíritu de la palabra antes que a la realidad de lo sonoro, y la luna parece excusar poéticamente la abominación de Salomé.

El resto de la puesta en escena es limpia y no recarga el plano metafórico: una larga mesa de banquete, unos coches de principios de siglo, un vestuario que sugiere una época, poco más. El movimiento de los personajes es aquí muy relevante, y Víctor Ullate desdobla a la pareja protagonista para ser honestos con lo que se ve y con lo que se siente: Arantxa Sagardoy dará la réplica sensual a la Salomé operística en la danza de los siete velos, y Carlos Martos sustanciará en escena un Jokanaan que se cantaba simultáneamente desde el foso de la orquesta. De nuevo, la transversalidad de los dialectos artísticos dará como resultado un babel profundamente hermoso.

Ya en lo meramente musical vimos un reparto que partía bastante desequilibrado, algo que en prácticamente cualquier ópera lastraría el resultado final pero aquí no llegó a tanto. Gun-Brit Barkmin estuvo extraordinaria como Salomé, con un timbre voluptuoso, de mucho cuerpo y una infinidad de matices expresivos en su locura. Supo convocar toda la carga sensual de la princesa, algo complejo con este personaje atroz que se maneja con tan poca empatía con el oyente y que no renuncia al espíritu marchito de la Salomé de Wilde. Thomás Moser, Herodes, dibujó su papel entre lo irónico y lo amargo, con una voz ya muy fatigada por los años pero con las tablas suficientes como para añadir esas arrugas de la garganta a la caracterización intrínseca del tetrarca. El Jokanaan de José Antonio López fue extraordinariamente intenso y concentrado, con una emisión muy homogénea y bien colocada que se benefició de forma clara de su ubicación, cantando con pulcritud desde el foso orquestal sin preocuparse del movimiento escénico que ejecutaba Carlos Martos en calidad de alter-ego danzante. Ana Ibarra cumplió con solvencia. A partir de ahí la adecuación de las voces del resto del reparto o las prestaciones de las mismas fueron decayendo hasta el límite de lo correcto.

Álvaro Albiach dirigió la Orquesta de Extremadura con un discurso ordenado que pretendía mostrar todo lo que sucede en las hendijas de la música de Strauss sin negar su expresionismo ni dejándose rebasar por su imponencia tímbrica. El resultado fue una apuesta más de bloque que de detalle, bien medida en sus tensiones y donde la orquesta se defendió como pudo (tocar al aire libre una ópera de estas características no es sencillo). Lectura sobria las más de las veces con breves desajustes en ocasiones, pero un nivel medio más que aceptable.

Supongo que la baliza de señalización que ha de medir el éxito o fracaso de un montaje está relacionada con hasta qué punto se ha sabido profundizar más allá de los temblores superficiales de la partitura. Salomé no sólo habla del deseo devastado o la homosexualidad (esos temas están pero son la hojarasca y no la verdadera llama): mirando más lejos la ópera y el texto ponen de manifiesto la mezcla de fascinación y arcada que provoca en el ser humano la abominación, y cómo los hombres se unen frente a ella. La última frase de la obra, “Matad a esa mujer” es retórica pura. Es imposible que Salomé sobreviva a su naufragio. Midiendo resultados desde este lugar, la sensación de conjunto de la noche fue la de una suma de buenos elementos que dan paso a algo mejor vistos unitariamente, con vocación de gran evento. Un éxito en la celebración del aniversario del nacimiento de Strauss y del propio Festival, y que a día de hoy transmiten una vitalidad contagiosa, tal vez porque sabe cómo y con qué arriesgarse.

Mario Muñoz Carrasco

Fotografía: http://2.bp.blogspot.com/_HWhYup01zdk/TKkot6LPSyI/AAAAAAAAA1w/JmmW9z3503M/s1600/the-duellists.jpg.

Publicado en verano del 2014

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