Cambio libro por trenza

A priori uno pensaría que un libro vale mucho más que una trenza. Él tiene ideas, lomo, puntos y comas. Ella sólo forma, textura.

Sin embargo, poco gozo es comparable al de dar un libro e irte con una trenza a casa: entregas una cosa y te vas con un cómodo almohadón para tus ideas. En otras ocasiones es una mirada la que te recompensa, otras un exuberante saltito.

Hablaba Benjamin Zander acerca de ese brillo en los ojos que surge cuando a alguien le agrada el paquetito. Sí, eso que entregas. Unas veces uno lo envuelve en notas, –¡ojalá tan delicado como el Preludio de Chopin que Zander pone en el ejemplo!–, otras lo presenta a trapatotazos. Pero, al final, de una manera u otra y quién sabe por qué, a veces uno recibe el cojincito intelectual, esa trenza invisible que te hace mucho más estilosa.

Un reciente descubrimiento ha revelado que si secamos ese brillito, o lo que es lo mismo, nuestras lágrimas, y las miramos al microscopio se observan diferentes formas según el motivo de su emisión: lágrimas de risa, de pena, de luto, ¡hasta de cebolla!

Urge, eso sí, el valor de mirar cara a cara a nuestro espectador, para así ver en alta resolución todas aquellas fotografías que nos devuelven las acciones, buenas y malas, que realizamos en el día a día. Y gracias a ellas ir mejorando las técnicas de abrillantamiento, de pulido de lágrimas.

Fotografía: Lágrimas de la risa.

Publicado en mayo/junio 2014

 

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