Crítica
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El barbero de Sevilla en el Teatro Reina Victoria

o de la risa sin aderezos

El barbero de Sevilla, G. Rossini. Compañía Ópera de Madrid. Eugenia Enguita, Carlos Andrade, Pablo Martín Reyes, Alberto Arrabal, Víctor García […]. Dir. musical: José Fabra. Dir. escénica: Juan Manuel Cifuentes. Teatro Reina Victoria. 17 de abril de 2014.

Si usted estos días se pasea por Sol y nota un molesto picorcillo en la nariz, desvíese con disimulo hacia el lado de la Carrera de San Jerónimo. Respirará aire fresco, sólo enriquecido por los nutritivos humillos que despide el mítico Lhardy.

Es eso también lo que mana el Teatro Reina Victoria, delicias belcantísticas, horneadas al estilo ancestral. La recién creada compañía Ópera de Madrid, de carácter privado, ha emprendido desde el mes de marzo la iniciativa de llevar –casi donar– el género lírico a la calle. El reparto está formado por cantantes, director y equipo escenográfico que conforman una compañía fija de ópera. Y no, no retrocedan en la lectura para ver si han sufrido alguna alucinación. Ópera (y zarzuela), compañía fija, Madrid. Ofrecen, además, un plus para conquistar al viandante oriundo –que no orondo, ¡aunque caiga en la tentación de palpar la famosa croqueta de Lhardy!–: unos precios más que aptos para el bolsillo del respetable común.

La velada, además, se puede –y debe– paladear, como las recetas que hizo el propio Rossini. La cocina es una pericia en la que se mejora con el tiempo, a medida que la experimentación hace sus frutos. Por ello es nuestro deber fijarnos en los manjares más sabrosos, dejando a un lado los excesos de sal, o incluso de picante, de los miembros de la orquesta, que impidieron que el empaste de la masa sonora fuera absoluto (cosa que en el coro se solventó con más destreza). Sin embargo, a través de su entusiasmo y con ayuda del director, los integrantes se dejaron llevar por ese crescendo de sabores de la instrumentación rossiniana. No se alarme usted si siente que de repente una explosión orquestal puede estallar durante la representación; tranquilo, no ha ingerido el wasabi con el que los japoneses alimentan desde hace unos años a Madrid. Rossini ya había inventado en el siglo XIX este recurso, conocido precisamente así, crescendo rossiniano, sin otro cosquilleo que el de la alegría.

Dejemos la sal y la pimienta. Y es que muchos de los espectadores pertenecerán al grupo de los que durante una comida se dedican a esperar los primores del postre. Aquí no será necesario. Desde la entrada de Rosina, encarnada por la soprano Eugenia Enguita, llega el momento de deleitarse en el color tímbrico de su voz, junto a su flexibilidad, apta para salvar todos los sentimientos que recorre durante la ópera, y sobre todo capaz de matizar cada frase de modo que sea comprensible para el que no sepa italiano, e, incluso, para quien esté tan embelesado como para olvidar la existencia de sobretítulos. Flexibilidad era quizás de lo que adolecían los personajes masculinos, a quienes se perdona, de nuevo, alguna carencia que otra, sobre todo si tenemos en cuenta la potencia actoral de todo el reparto.

Y es que parece que, como de costumbre, estamos poniendo demasiado énfasis en el aderezo, y no en lo que importa: el modo de cocción. Se ha fabricado una ópera crudita, cercana. La comodidad de estar en un teatro en el que por sus reducidas dimensiones se establece contacto visual con los actores desde casi cualquier sitio no es el único factor de proximidad, además la sinceridad prima a la hora de abordar el humor. La escenografía, sin grandes ostentaciones, sirve para lo que está: favorecer el elemento cómico. Fue éste especialmente relevante en el movimiento escénico, punto clave para que estallara la expresión humorística de los actores, que corrió en paralelo a las carcajadas de los asistentes –inaudibles, por cierto, en otros teatros más tradicionales, y no siempre por culpa de la puesta en escena–. El que don Bartolo se refiera a aquél tiempo pasado que nos parece mejor contoneándose como Rafael, o el encontrar en el escenario a las procesiones de Semana Santa que estaban sucediendo fuera, no son un guiño cualquiera o un gesto indigno de un teatro de ópera. Significa la vuelta a una de las exigencias naturales del espectáculo: cosquillear al público en su sensibilidad y en su predisposición a la diversión. En este caso sin perder la calidad y el buen gusto.

La ausencia de mejunjes (sin los que, por otra parte, ni nacería ni se renovaría el género), junto a su económico precio, atraerá, esperamos, a un público ecléctico que acudirá y escuchará sin prejuicios estos víveres que por algo siguen en cartel desde 1816. Se trata de una iniciativa cultural que demuestra que la ópera y la música clásica, como el comer, nacieron y aún hoy se perpetúan para disfrutar.

Así que, querido lector, si se le irrita la pituitaria aun en este teatro, carente de perfumes o de maquillaje que puedan alterarla, consulte con su médico: es alergia. Estamos en temporada.

Cristina Aguilar

Publicado en mayo/junio 2014

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