Crítica
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Lo mejor, el bis

Ivo, de bolo en el Auditorio Nacional

Sonatas nº 8, 22, 23 y 24. Rondo a capriccio op. 129. Ludwig van Beethoven. Madrid, Auditorio Nacional de Música. Conciertos y solistas extraordinarios, 28 de mayo de 2014. Ivo Pogorelich.

Dicen los bilbaínos, en clara muestra de ese humor fratricida tan nuestro, que toda la pasión de que son capaces las parejas de Donosti (Ñoñosti, apuntalan) se limita a largos paseos por la playa de la Concha agarrados de la mano mientras comen helado y comentan cómo las nubes se asemejan a maravillosas formas de ositos de gominola. O sea.

Pues bien, esa tiernita muestra de afecto se convierte en el más impetuoso de los ardores amorosos en objetivo cotejo con la interpretación de la sonata Appassionata de Beethoven realizada el pasado 28 de mayo por Ivo Pogorelich. El lector de crítica, inclinado antropológicamente al bien, pensará que nada hay de malo en una interpretación intimista y delicada. Al fin y al cabo, una de las delicias de la música es su volubilidad, su capacidad para mostrarse bajo distintos aspectos sin perder un ápice de interés, enriqueciéndose con cada divergente visión de la misma cosa. Para nada. Primero, porque no existe tal cosa susceptible de ser asida u observada de forma objetiva. Segundo, porque evidentemente no todas las miradas son válidas. Algunas son absolutamente perniciosas por la incapacidad de su dueño o, como el caso que nos ocupa, por pura dejadez.

Pogorelich inició el programa con la Patética. Clásico entre los clásicos, se mostró ante el público desgastada de exhibirse sobre los escenarios desde que fuera compuesta en 1799. El vigor de esta sonata fue aplastado bajo el peso de una interpretación que, en lugar de revitalizarla y dotarla de un nuevo significado, la hundió en el tedio por la vía de una lentitud insignificante y desganada. Pudiera esperarse un aumento de expresividad ligado a tan acusada bajada en los tempi de la sonata, pero tal expectativa quedó frustrada por una superficial e inanimada narración, absorto como estaba a la partitura. Sólo en el tercer movimiento de esta sonata, en el rondó, fue capaz de insuflarle un hálito de vida, siempre comedido,  al tema principal.

El Rondo a capriccio op. 129 es una obra desconocida para el gran público, pero valiosísima por lo audaz de su concepción. Publicada por Diabelli,  de quien se cree que dio fin a la obra inconclusa, contiene bajo el título la inscripción de “Die Wut über den verloren Groschen” (Furia por haber perdido una moneda) que pone sobre aviso al oyente. Se trata de un capricho humorístico, muy descriptivo, ágil y con continuas disonancias que enfatizan ese estado airado por el menoscabo de la hacienda personal. Ivo Pogorelich se mostró acertado en el carácter y la pulsación briosa aunque, una vez más, algo tibio.

La primera parte del concierto se cerró con la Sonata nº 22 en Fa menor, op.54. El primer movimiento, “In tempo di minuetto”, no es realmente tal. Se estructura como una suerte de rondó en el que el tema principal, expresivo y lírico, se muestra entre episodios más joviales y enérgicos. El pianista habría de conferir fluidez a los contrastes, por otro lado no demasiado remarcados, debido al carácter por lo general ligero del movimiento, subrayando además las inusuales armonías que emplea Beethoven. Baste decir sin embargo que, ante la escucha de esta interpretación, uno se hace perfectamente consciente de por qué Pogorelich fue nombrado ya en 1988 por la UNESCO “Embajador de la buena voluntad”.

La Apassionata dio comienzo tras un breve receso. Esta sonata es monumental en su forma e inmortal en su contenido y es capaz de aunar la expresión de las más arrebatadas pasiones con una intensidad íntima, el ardor a duras penas contenido que acaba por abrirse paso al exterior. El momento culminante de la noche llegó en el segundo movimiento. En éste, un tema con variaciones de carácter íntimo y pausado con ecos de marcha fúnebre merced al glorioso intérprete, un travieso móvil en el patio de butacas se opuso a la glosa1 –partidario más de la ejecución– y ofreció al público, nervioso y malhumorado, la oportunidad de rebullir en sus asientos profiriendo sus “por vida de” y sus “voto a tal”.

La Sonata “Para Teresa”, ofrendada a la hermana del conde Franz von Brunsvik, gran amigo del compositor y dedicatario de la Appassionata¸ fue expuesta de manera coherente a lo anterior: tempi cautos, sin riesgos y una acentuación estructural excesiva en las secciones más céleres impidiendo que la música alzara libremente el vuelo. Al final, como no podía ser de otro modo, se coronó: en los últimos seis compases inició un crescendo y un accelerando tan abruptos y exagerados como populistas.

De ser por incapacidad, falta de instrucción o de talento, este despropósito de concierto no revestiría la más mínima gravedad. Pero Ivo Pogorelich es un reputado pianista, capaz y competente y su papel en el Auditorio resulta especialmente ofensivo. Quizá no sería tan grave si se tratase de otro repertorio, pero debería ser punible por encontrarnos ante Beethoven. Las mismas sonatas que von Bülow definió como “Nuevo testamento de la música”. Beethoven, joder, Beethoven.

Javier Pino Alcón

1 DRAE: 5. f. Mús. “Variación que diestramente ejecuta el músico sobre unas mismas notas, pero sin sujetarse rigurosamente a ellas”. ¡Cómo está la academia! (en cosas de música).

Imagen tomada de: http://www.tnrelaciones.com

Publicado en verano del 2014

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