Ensayo
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Versos desde la Cruzada

La música de Ricardo Corazón de León

Ja nus hons pris ne dira sa raison
Adroitement, se dolantement non;
Mais par effort puet il faire chançon

Ningún hombre prisionero puede explicar sus pensamientos,
hábilmente, como si no sintiese dolor,
pero para consolarse, puede escribir una canción

Con estos versos da comienzo “Ja nus hons pris”, una canción escrita en 1192. Una canción de consuelo escrita en cautiverio, por un guerrero que a la vez fue duque de Aquitania, de Gascuña, de Anjou, de Maine, de Nantes, lord de Chipre y sobre todo rey de Inglaterra: Ricardo I, Corazón de León.

Luces y sombras

Conocido más por su sobrenombre que por su lugar en la dinastía, historia y leyenda se entrelazan a la hora de contar la historia de Ricardo, el hombre que pudo sacarle a un león el corazón por la boca, al que su valentía le hizo ganarse un apodo que ha sobrevivido hasta hoy. Situado en mil y una historias, como las de Robin Hood (con mayor o menor rigor histórico), se decía de él que era un héroe piadoso, alto, con el pelo de un rubio rojizo y los ojos claros y que como su madre, Leonor de Aquitania, había recibido buena educación, que incluía la formación en las artes liberales. De ello es testimonio su poesía, que escribió en francés y en occitano. Y es que, a pesar de ser rey de Inglaterra, sus detractores le recriminaron que no hubiese pasado más de seis meses allí tras su coronación, incluso, que no supiese hablar inglés (algo que, por otra parte, no se sabe a ciencia cierta). Como muestra, démosle la palabra al historiador inglés William Stubbs (1825-1901):

Fue un mal rey: sus grandes hazañas, su habilidad militar, su esplendor y extravagancia, su gusto poético, su espíritu aventurero no puede disimular la falta total de simpatía o consideración por su pueblo. No era un hombre inglés, pero ello no implicaría por lógica que le diese a Normandía, Anjou o Aquitania, el amor o cuidado que negó a su reino. Su ambición era la de un guerrero: lucharía por cualquier cosa, pero vendería todo aquello por lo que valiese la pena luchar.1

En cualquier caso, es innegable que el hombre que lideró la revuelta de Poitou, comandando un ejército con apenas dieciséis años contra su padre Enrique II, tuvo sus luces y sombras. Y en uno de estos recovecos, dejó escrita una de las canciones más bellas de su siglo.

La Tercera Cruzada

El año 1189 fue un año convulso para Ricardo: habiendo depuesto a su padre y nombrado rey, empezó a recaudar fondos para partir hacia la Tercera Cruzada. Ya lo había hecho Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pero la suerte quiso que al atravesar un río en su viaje cayese del caballo y muriese ahogado por su pesada armadura. Tras él, Ricardo decidió emprender el viaje junto con Felipe II de Francia (cuentan que decidieron marchar juntos por miedo a que en ausencia de alguno el otro invadiese su territorio) y a ellos se unió Leopoldo V, que comandaba lo que quedaba del ejército germánico. Pero la empresa no resultó como esperaba el monarca inglés. Tras tomar la ciudad de Acre, los tres líderes se enzarzaron en una lucha interna por cómo repartirían los beneficios de aquella batalla y, finalmente, Leopoldo y Felipe abandonaron la lucha, dejando a Ricardo sin aliados y con un ejército fuertemente diezmado antes de llegar a Jerusalén. Tras varios avatares, y por no arriesgarse a una derrota total, el inglés llegó a un acuerdo con Saladino, sultán de Egipto y Siria, el que había sido su enemigo principal: la ciudad de Jerusalén permanecería bajo dominio musulmán, pero permitiría la entrada de peregrinos desarmados. Así, Ricardo emprendió su vuelta a Aquitania.

Pero el regreso tampoco fue según lo previsto. El mal tiempo obligó a Ricardo a parar su nave en Corfú, de donde escapó del emperador bizantino Isaac II Ángelo disfrazado de templario; pero la embarcación no resistió, y naufragó en aguas de Aquilea. Ahí hubo de empezar, pues, una peligrosa vuelta a casa a través de tierras europeas. Fue apresado por un viejo conocido, Leopoldo V quien, sintiéndose aún ofendido por lo sucedido en la batalla de Acre, lo acusó de asesinato. Cuenta la leyenda que pese a viajar disfrazado, sus usos reales traicionaron a Ricardo: algunos aseguran que llevaba un gran anillo, otros que pidió pollo asado para comer.

Así, Leopoldo lo mantuvo prisionero en el castillo de Dürnstein, cerca de Viena, hasta entrado 1194. Fue en este cautiverio cuando escribió la canción que nos ocupa “Ja nus hons pris” dirigida a su hermana María de Champaña. Una mujer culta que fue mecenas, entre otros, del considerado padre de la novela, Chrétien de Troyes. En esta canción Ricardo se lamenta del abandono, la tristeza, de los inviernos pasados en el castillo, con unos versos de gran lirismo y belleza.

La leyenda de Blondel y la liberación del rey

Durante el siglo XIII, este episodio de cautiverio fue narrado de una forma de aires casi mágicos, en la que precisamente un trovador tuvo la clave de la liberación de Ricardo. Se contaba que, tras la captura del rey, su trovador, Blondel, recorría Europa castillo por castillo para descubrir dónde se hallaba. Para ello, Blondel cantaba en voz alta una canción que habrían escrito juntos y la cual sólo el rey sabría continuar. Una vez descubierto podría liberarlo.

A pesar de su lirismo, que aprovecharía Grétry para abrir su ópera Richard Coeur-de-Lion en 1784, todo apunta a que se trata de una leyenda con la que el trovador Jean “Blondel” de Nesle no habría tenido nada que ver. La historia de la liberación del rey fue algo distinta. De la prisión de Leopoldo pasó a la de Enrique VI, sucesor de Barbarroja, y pidió a los ingleses 65.000 libras de plata a cambio de la libertad de su rey, una suma que representaba más del doble de lo que la corona inglesa pudiese ingresar en un año. Así, fue su madre, Leonor de Aquitania, la que lo hizo posible: incrementó los impuestos y confiscó los tesoros de oro y plata de la Iglesia. El dinero fue reunido y llegó a territorio germánico a través de los embajadores del emperador Enrique, aunque con una curiosa condición: si esta suma se hubiese perdido por el camino, habría sido por cuenta y riesgo del propio rey Ricardo. Parece ser que todo llegó a buen término: Ricardo Corazón de León fue liberado el 4 de febrero de 1194.

Sobre la historia y el recuerdo

El medievalista José Enrique Ruiz-Domènec decía en su libro La mirada femenina: el despertar de las mujeres en la Edad Media que la articulación histórica del pasado no significa conocerlo tal y como verdaderamente fue, sino adueñarse de un recuerdo tal y como se revela en el instante de un peligro. Probablemente haya mucho de razón en esa afirmación y lo que conocemos como historia no sea más que una visión sobre algo que se recuerda. Siendo así, la tarea de acercarse fugazmente a un personaje histórico como Ricardo Corazón de León, del que nos separan tantos años y tantos acontecimientos, es del todo compleja. Pero de cualquier modo, para la que escribe estas líneas la tentación es difícil de vencer, y mucho más cuando se dan cita la música, las leyendas y por qué no, la magia. Hayan servido, pues, esta canción y estas líneas para acercarse a una nueva perspectiva de una de las figuras más interesantes y emblemáticas de un período vibrante como pocos, donde parafraseando al poeta Martí i Pol, “todo estaba por hacer y todo era posible”.

María R. Montes

1 Stubbs, William. The Constitutional History of England, vol. 1. The Clarendon Press, 1875. Disponible en línea: http://archive.org/details/constitutionalh04stubgoog.

Imagen procedente de http://2.bp.blogspot.com/__CjMqliGoMc/S7RxWLvHw8I/AAAAAAAAD_s/G9dbMsTcEm4/s1600/king+richard+lionheart+.jpg

Publicado en mayo/junio 2013

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