Crítica
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Don Quijote vuelve a España

La Compañía Nacional de Danza llena el Teatro de la Zarzuela

El Quijote. Coreografía: José Carlos Martínez. Compañía Nacional de Danza. Quiteria: Cristina Casa, Basilio: Anthony Pina, don Quijote: Isaac Montllor, Sancho Panza: Jesús Florencio, Mercedes: Clara Maroto […]. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Director honorario: José Ramón Encinar. Director titular: Victor Pablo Pérez. Madrid, Teatro de la Zarzuela. 30 de enero de 2015.

Como agua de mayo, esperábamos los españoles amantes del ballet clásico la puesta en escena de esta gran obra del repertorio clásico, con coreografía original de Marius Petipa y música de Ludwig Minkus. Y, cual reloj suizo, acudimos a la cita de la Compañía Nacional de Danza en el Teatro de la Zarzuela de Madrid esta Navidad. Acompañados sólidamente por la Orquesta de la Comunidad de Madrid, los bailarines de la CND ejecutaron con solera la coreografía de José Carlos Martínez, ex primera figura del ballet de la Ópera de París y actual director artístico de la compañía, basada en la original de Petipa, pero con un “toque hispano”. Fue precisamente este toque lo que encendió en la representación de la noche del 30 de diciembre una chispa especial, una energía vital que refleja muy bien que la compañía nacional es, ante todo, una compañía española. ¡Ole!

El primer y tercer actos, con un marcado carácter folclórico, una coreografía muy teatral y un trasfondo predominantemente cómico, están basados en un episodio del segundo volumen de El Quijote, donde transcurren los ajetreados ligoteos de Quiteria y Basilio en un pueblo por el que pasan casualmente don Quijote y Sancho. En ambos actos, los bailarines demostraron cómo se puede a la vez bailar una coreografía clásica y encarnar el carácter hispano que es consustancial a la obra. Algo nada fácil, ya que muchas compañías clásicas actuales tienden a centrarse en el lado técnico de la ejecución de los pasos y no tanto en la parte expresiva. Así que bravo para los bailarines de la CND. Los vistosos vestuarios ayudaron mucho en la escenificación de este episodio de la obra de Cervantes; acertadísimos los del tercer acto: elegantísimas chicas con peineta, traje negro con sensuales encajes y amplios volantes y tacones, ¡triunfaron los tacones!

Por el contrario, la segunda parte del segundo acto, que representa un sueño en el que a don Quijote se le aparece su amada Dulcinea en una especie de visión celestial, rodeada de dríadas y de seres etéreos, merece ser limado y mejorado. Para empezar, las filas del cuerpo de baile de dríadas deben ser rectas, también cuando el cuerpo de baile se desplaza. Las dríadas han de moverse como si fueran un solo cuerpo, una sola dríada, mística, ingrávida, perfecta. Las variaciones de las bailarinas principales, en concreto la de Dulcinea, aunque también las de las primeras solistas, han de bailarse en su versión completa, no simplificada, sino con todos los grand-jettés y los fouettés italianos de rigor: que se note el dominio de la técnica, la búsqueda de la precisión. Por último, se observaba una falta de elevación bastante generalizada en los saltos del cuerpo de baile femenino, mientras que el masculino (sobre todo toreros y gitanos) lució saltos de altura.

La pareja principal, Cristina Casa y Anthony Pina, no decepcionó. Ella, menudita y desenvuelta, bailó una Quiteria alegre y pizpireta que se hizo rápidamente con su público. A él, algo más sobrio aunque muy en su papel, sólo le reprochamos la simplificación de algunos saltos (como el doble tour en l’air del paso a dos del tercer acto en lugar del espectacular jetté que todos esperábamos). Ambos resultaron sólidos y creíbles durante todo el ballet, excepto en el paso a dos del tercer acto, donde de repente les surgió un atisbo de miedo o inseguridad. Estaba totalmente infundado, ya que lo ejecutaron de cabo a rabo sin un leve traspiés, por lo que les animamos a que salgan al escenario con más aplomo, porque ellos lo valen.

La pareja secundaria, con Clara Maroto en el papel de Mercedes y Esteban Berlanga en el de Espada, resultó convincente aunque ligeramente desproporcionada: ella era demasiado grande para él, sobre todo en puntas. Se los vio más compenetrados en el tercer acto, cuando ella va con sus tacones. Don Quijote y Sancho representaron sus papeles, más actuados que bailados, con humor y convicción. Llamó la atención la inclusión de un paso a dos con don Quijote y Dulcinea al principio del segundo acto, antes del encuentro con los gitanos, que no habíamos visto en ninguna otra versión de El Quijote. Suponemos que se debe a la loable intención de José Carlos Martínez de aproximarse lo más posible a la historia original. Aun así, se hizo algo largo y pesado. Quizá se pueda prescindir de él como en las demás versiones.

Damos las gracias y la enhorabuena a los bailarines de la CND y a José Carlos Martínez por habernos traído a don Quijote y a la danza clásica de calidad de vuelta a España. El aforo completo y las entradas agotadas para todas las representaciones atestiguan que el ballet clásico interesa en España, y mucho, y que el público tiene sed de más. Esperamos que éste no sea sino el comienzo de la restructuración de una compañía que hace poco solamente bailaba contemporáneo y que ha demostrado que puede nada más y nada menos con El Quijote y que, poco a poco, además de ir puliendo filas y forjando fouettés italianos, se vayan incorporando otras obras maestras del repertorio clásico. Con un poco más de rodaje, no tendremos nada que envidiar a las compañías europeas de primera. Y nosotros seguiremos acudiendo puntuales a todas las citas, en mayo, enero o septiembre.

Magdalena Olivera Tovar-Espada

Publicado en diciembre 2015″ id=”mes” alt=”Enero” border=”none”/>

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