Crítica
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Mozart: la luz y la sombra

Música entre Viena y Salzburgo

Temporada de Juventudes Musicales. Wolfgang Amadeus Mozart, Misa de la Coronación en do Mayor (K. 317), Réquiem en re menor (K. 626). Orfeón Donostiarra, Orquesta de Cámara “Andrés Segovia”, José Antonio Sainz-Alfaro (dir). Paloma Friedhoff (soprano), Adriana Mayer (mezzosoprano), Jorge Franco (tenor) y Pablo García (barítono). Auditorio Nacional de Madrid, 26 de enero de 2016.

Doce son los años que separan la composición de la Misa de la Coronación en do mayor (K. 317) del Réquiem en re menor (K. 626). Algo más de una década en la que Mozart pasó de vivir en Salzburgo, su ciudad natal, a Viena, donde luchó por ser un músico independiente que no estuviera sometido al capricho de un patrón que le marcara aquello que tenía que componer. Esta meta emancipadora nunca llegó a ser alcanzada del todo, lo que le llevó a vivir en una situación económica bastante precaria, sobre todo al final de su vida, como se puede comprobar en su epistolario.

La Misa de la Coronación fue compuesta en el año 1779 para la celebración de la Pascua, cuando Mozart contaba con 23 años. Posteriormente recibió el sobrenombre debido a que fue interpretada en Praga durante la coronación de Leopoldo II de Austria (1791), y también durante la de su sucesor Francisco I (1792). El Réquiem fue la última obra que Mozart compuso, dejándola incompleta. Sobre ella corrieron todo tipo de leyendas debido al encargo secreto que recibió por parte del conde Franz Walsegg-Stuppach, el cual quería que estuviera destinada a su esposa, recientemente fallecida. Al morir Mozart, fue Franz Xavier Süssmayr, alumno y ayudante de éste, el encargado de concluirla. Una de estas leyendas aparece ya en el mismo año de 1791 en un periódico de Berlín, donde se hace eco de la posibilidad de que Mozart hubiera sido envenenado, ya que tenía el cuerpo hinchado tras su muerte. Años después, ya en 1823, Salieri intentó suicidarse y poco antes, ingresado en el hospital, y con las facultades mentales mermadas, dijo haber matado a Mozart. Pero en estos tiempos en los que nuestra imaginación colectiva está tan marcada por el arte cinematográfico, esta teoría del asesinato, que se ha demostrado falsa, fue utilizada como propagada por la famosa película Amadeus, que comienza precisamente con este hecho, al margen de que Milos Forman no pretendiera ser fiel a la realidad.

Las dos obras que formaron el concierto muestran el claro contraste de estos dos momentos en la vida de Mozart. El uno en Salzburgo, bajo el mecenazgo del arzobispo Colloredo, y en el que se encontraba tan a disgusto. El otro en Viena, al final de su corta vida. Sin embargo, Mozart nunca fue un compositor que reflejara en su obra sus propios procesos vitales. Por otra parte, tampoco era costumbre general en la época, algo que sí fue de uso común en el siglo posterior. Por lo tanto, la primera parte del concierto mostró la vitalidad, la luz, la claridad del do mayor. La segunda la resignación, la angustia, la oscuridad y la tristeza del re menor.

José Antonio Sainz-Alfaro imprimió a la Misa de la Coronación una gran energía, sabiendo mostrar la riqueza orquestal de la partitura mozartiana. No por ello descuidó los momentos más recogidos y lentos de la obra, como los que aparecen en el “Credo”. Llamó la atención su gestualidad, muy expresiva, pero que funcionó en todo momento. La Orquesta de Cámara “Andrés Segovia” realizó un trabajo extraordinario, entendiendo a la perfección las indicaciones de Sainz-Alfaro. El Orfeón Donostiarra demostró la buena salud de la que goza, aunque sus mejores momentos llegaron con el Réquiem en la segunda parte. Entre los solistas destacó la soprano Paloma Friedhoff en el “Agnus Dei”, melodía que ya anuncia el aria “Dove sono”, interpretada por el personaje de la Condesa en Las bodas de Fígaro. Adriana Mayer (mezzosoprano), Jorge Franco (tenor) y Pablo García (barítono) completaron el cuarteto solista con una intervención correcta en todos los casos.

La interpretación del Réquiem fue el momento con más peso dentro del concierto. El público se había quedado con ganas de más en la primera parte, ya que la Misa de la Coronación dura apenas media hora. Esto hacía que su escucha se afrontara con la mente y el espíritu frescos. Sin embargo, a la vez me surgía una cuestión: ¿cuando se asiste a la interpretación de una obra tantas veces representada, y de la que existen cientos de grabaciones, verdaderamente uno escucha lo que está sonando, o sólo oye el resultado de lo que pasa por su filtro personal, moldeado por todas esas decenas de versiones? En todo caso, al margen de estas disquisiciones, José Antonio Sainz-Alfaro marcó magníficamente el tempo del inicio del “Introitus”, en el que los pasos de la marcha fúnebre, interpretados por los bajos, se distinguían perfectamente mientras entraban el fagot y el corno di bassetto. Al igual que ocurrió en la Misa de la Coronación, el director supo mostrar la riqueza orquestal de la obra, sabiendo además administrar de manera muy inteligente las pausas entre unas partes y otras, haciendo que no decayera la tensión entre las más intensas, como es el caso del “Kyrie Eleison” y el “Dies Irae”, o el “Confutais” y el “Lacrimosa”. También dejando descansar lo suficiente para dar paso a otro ambiente, como sucedió entre el “Lacrimosa” y el “Domine Jesu”. La Orquesta de Cámara “Andrés Segovia” despuntó en la sección de vientos y en particular el solo de trompa en el “Tuba Mirum”.

El Orfeón Donostiarra dio lo mejor de sí con un sonido rico y compacto, destacando de igual manera tanto en los momentos polifónicos como en los homofónicos. Merece también la pena destacar los extraordinarios pianos que se escucharon por parte de las voces femeninas, con un timbre limpio y cristalino en varios pasajes, como en la frase “salva me fons pietatis” del “Rex Tremendae”, o “voca me cum benedictis” del “Confutatis”.

Paloma Friehoff y Pablo García tuvieron las interpretaciones más interesantes entre los solistas. La primera brilló en el “Lux Aeterna”, en el que con su bello timbre desplegó una excelente musicalidad en la parte final de la obra. Pablo García en el “Tuba Mirum”, cuya voz se acopló perfectamente al solo de trompa y mostrando uno de los momentos más interesantes del concierto. Adriana Mayer y Jorge Franco completaron la plantilla de solistas. Sus intervenciones resultaron correctas y algo rutinarias, en las que no hubo momentos destacables.

Las notas al programa estuvieron a cargo de Ana Mª Carvajal Hoyos, en las que no sólo se contextualizaban las obras, sino que también se hacía un interesante análisis de ambas. Sobre todo del Réquiem, lo que pudo resultar de bastante utilidad para el público. La práctica totalidad del aforo estuvo completo, algo que siempre es motivo de alegría, sobre todo teniendo en cuenta que a esa misma hora también se celebraba otro concierto en la Sala de Cámara. En definitiva, un concierto equilibrado e interesante, en el que gracias al buen hacer de los intérpretes, hizo que mereciera la pena asistir, a pesar de presentar un repertorio tan conocido y tantas veces representado.

Javier Martínez Luengo


Fotografía: www.orquestacamara-andres-segovia.com.

Publicado en diciembre 2015

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