Crítica
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“¡Estás fuera!”

Lisa Batiashvili y la OCNE

Orquesta y Coro Nacionales de España. Diálogos, Ciclo III – Concierto 6. P. I. Chaikovski, “Mozartiana”, Concierto para violín y orquesta en re mayor. S. Rajmáninov, Kolokola (Las campanas). Dir.: J. López Cobos, L. Batiashvili (violín). J. Ferrero (tenor), N. Ardelean (soprano), A. Tijómirov (bartítono). Auditorio Nacional, 16 diciembre 2012.

Hoy en día, a pesar de los coloridos libros de texto que nos hacían memorizar en nuestra infancia, existimos olvidando todo aquello que pulula por nuestro interior: una pulsación que se mantiene constante, un sistema nervioso central que regula todos nuestros nervios –en todos los sentidos–, y, no menos importantes, un sinfín de bacterias, glóbulos y demás partículas, viscosas o sonrosadas, que nos acompañan desde los inicios hasta el final de nuestro viaje.

El concierto del 16 de diciembre tuvo la particularidad de traer todos estos elementos a la superficie. Y es que recordó de manera llamativa –incluso agresiva– que la música existe también gracias al trabajo subyacente, a los millones de partículas que la conforman. Ya desde el comienzo de la primera obra, “Mozartiana”, se dejaba sentir bajo el férreo mandato de la batuta una pulsación constante, interna, visceral, automática, extendida también en las dinámicas, que alternaban el diástole y el sístole en unos los exagerados subrayones de este último, poco justificables a pesar de que la interpretación chaikovskiana de Mozart tenga un tono eminentemente romántico. Todas estas características fueron especialmente evidentes en la “Giga” y el “Moderato” y salvadas por los solos, especialmente del viento madera (flauta y oboe), que luchaban por hacerse vivos más allá de su funcionalidad dentro de estas entrañas musicales que se empeñaba en ofrecernos, casi sádicamente, López Cobos. Las súplicas del encubierto “Porgi amor” (Concede, amor, algún descanso a mi dolor…) de las Bodas de Fígaro en el “Menuetto” no fueron debidamente atendidas, aunque sí se creó el ambiente de recogimiento necesario para que se intuyera su esfuerzo por aflorar al exterior, por despegarse del doloroso trabajo de una música mostrada en condición de articulación.

Tuvo que hacer su entrada Lisa Batiashvili a la sala de conciertos –con la partitura en mano con la única intención elevarse por encima de ella– y emitir con su violín las primeras notas del Concierto para violín de Chaikovski para que se hiciera clarividente para toda la audiencia que la música no puede ser el dentro sin el fuera. Que el latido sólo tiene sentido si es orgánico, vivo, si está regido por una inteligencia capaz de convertirlo en lenguaje, en discurso, que penetre, ahora sí, en las entrañas del público asistente en lugar de mostrar las propias al descubierto. La violinista georgiana estableció un diálogo ante la audiencia y la Música que se hizo con una voz alta, clara y vibrante (o, lo que sería en una jerigonza más visceral una impresionante proyección de sonido, pulcritud técnica y amplitud de armónicos). Pero, como se ha dicho, sin duda su mayor mérito lo constituyó eso que los expertos llaman fraseo, y que no es más –ni menos– que la capacidad de sacar la música a flor de piel y hacerla propia; acicalarla un poquito allí, y otro poquito allá, aderezo que consiguió gracias a la variedad tímbrica, sorprendente y expresiva tanto en graves como en el brillo de los agudos. También lo alcanzó, esculpiendo fraseo mediante, no sólo el detalle, sino también el tiempo, ralentizado cuando necesario –en unas pausas dramáticas dignas de un gran orador– volviéndolo a acelerar, de manera natural, cuando el discurso lo requiere. Y es que también de palabras estamos hablando. Si María Callas recitaba en voz alta todo lo que cantaba para dotarle así de mayor expresividad dramática, Batiashvili junto a su magnífico Engleman (Stradivarius de 1709), debieron de haber pactado secretos morfemas para cada nota cuyo significado se hace perfecta y misteriosamente comprensible.

Desaparecida la luz, o, lo que es lo mismo, violinista e instrumento del escenario, el ambiente tétrico de Kolokola (Las campanas) de Rajmáninov hizo que la audiencia volviera a sentir el peso de lo tangible a pesar de tratarse de mundos de la imaginación –también tímbrica– inspirados en Allan Poe. La interpretación, de nuevo haciendo hincapié en el sístole o empuje descarado, hizo además que esta sinfonía coral fuera más coral que nunca de manera un tanto forzada: la inestable compensación de los timbres hacían participar a este último como un órgano más, corriente sanguínea que no supo sangrar en esta sangrante historia. Las individualidades, tónica del concierto, destacaron de nuevo sobre el conjunto: la belleza del timbre –que no su proyección ni dicción del idioma ruso– de José Ferrero, la fuerza de Tijómirov o el elegante pero todavía frío fraseo de Nicoleta Ardelean. Con todo, no lograron sobrevolar un vínculo con lo corpóreo en cuanto “maquinaria”, la visión de un funcionamiento interno, que, por pudor, la naturaleza ha pulido en la relación del ser humano con el mundo exterior.

Chaikovski decía en sus cartas a su benefactora Nadezhda (Esperanza, por cierto, en ruso): “La música no es una ilusión, es una revelación”. Es eso lo que nos enseñó en el concierto del pasado domingo la violinista Lisa Batiashvili. Las ganas de no quedarse con una intuición táctil y mecánica de la música, sino también gritarle: “¡Estás fuera!”. Eres, en todos los sentidos. Y sólo darle las gracias por ello.

Cristina Aguilar

Publicado en febrero 2013″ id=”mes” alt=”Febrero” border=”none”/>

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