Crítica
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Música, palabras y demás artes

Dialogando con Guillermo Pastrana a través del siglo XIX

Real Filharmonía de Galicia. Serenata para cuerdas en Mi menor, Op. 20. Edward Elgar. Concierto para violonchelo en La menor, Op. 129. Robert Schumann. Sinfonía nº 98 en Si bemol mayor. Joseph Haydn. Director: Paul Daniel. Violonchelo: Guillermo Pastrana. Auditorio de Galicia. Santiago de Compostela, 29 de enero de 2015.

Dice el proverbio que una imagen vale más que mil palabras. ¿Y un sonido… también vale más que mil palabras? ¿Se necesitan ambos elementos en la escena musical o son completamente independientes? Pues depende, aunque en ocasiones su combinación puede resultar más que interesante, y en el caso de Guillermo Pastrana se cumple.

Paradojas del destino o pura casualidad, lo cierto es que un programa en el que uno de sus protagonistas era uno de los grandes de la música vocal como Schumann no podía comenzar de otra manera más que con un Convers@ndo con –brillante iniciativa por cierto–. En ella se le da la oportunidad al público de establecer un diálogo abierto y desenfadado con el solista de la noche durante unos minutos previos al concierto. Convertido ya el chelista granadino en una realidad emergente de carácter internacional, ¿estarían sus palabras a la altura de su talento musical? Pues lo cierto es que Pastrana engancha hasta hablando.

Alejado de los convencionalismos que envuelven la performance clásica en el sentido más estricto –esa en la que se echa en falta en ocasiones la interconexión con el público y sobran determinados clichés– se descubre a alguien desenfadado, cercano y apasionado por su profesión. Después de unos minutos de recorrido dialogado es hora de dejarse de palabras y que la música hable por sí misma.

Decían los antiguos que para establecer un gran discurso se requería de un buen guión y un buen narrador. Pues bien, esta receta parece que está muy presente en la Real Filharmonía. Bajo la batuta de un siempre elegante Paul Daniel, el primero en saltar a la palestra y ser guionizado es Edward Elgar. Los sonidos de su Serenata para cuerdas en mi menor, compuesta en 1892, dibujan un ya avanzado romanticismo pero todavía alejado de las tensiones a las que iba a ser sometido a principios del siglo XX. Es una pieza de agradable escucha que cumple sobradamente las expectativas. A lo largo de sus tres movimientos –Allegro, Larghetto, Allegretto– aquel que dedicaba obras musicales a sus seres más cercanos, en esta ocasión a su esposa, consigue recrear una atmosfera cálida y apacible que pide a gritos una continuación del discurso sonoro de la noche, en el que Schumann ocuparía el centro de la escena.

A través del chelo de Pastrana se va descubriendo una de sus últimas composiciones creadas en el umbral de su locura y estrenada después de su muerte. El Concierto para violonchelo en La menor, que desprende aroma a virtuosismo expresivo en determinados pasajes, hace descubrir el lado más melódico del romántico alemán con un constante fluir de sus enlaces cadenciales continuos entre movimientos. En esta ocasión, la pieza ignorada de la escena durante años recobra más vida que nunca.

Pero queda la última parte, la despedida, el bis del éxito logrado, en la que una Nana de Manuel de Falla acapara el discurso solista. Palabra y música unidas en la canción para el descanso más sereno. Pero esta vez la palabra sobra, solo la cuerda frotada es necesaria para conseguir ese fin. Y vaya si lo logra. Ahora ya habla el público, que reconoce el arte del granadino. En este caso sí que un sonido vale más que mil palabras.

En la segunda parte Haydn adquiría el centro de la escena. Liberado ya de las ataduras de Esterházy, su periplo londinense iniciado en 1791 –el más fructífero en su producción sinfónica en cuanto a calidad– se manifiesta en su Sinfonía nº 98 en Si bemol mayor, retrotrayendo el siglo XVIII al centro de la noche compostelana. Cuatro actos que están cargados de innovaciones instrumentales, recuerdos y contundencia sonora. El segundo de ellos, Adagio –homenaje en forma melancólica por la muerte de Mozart– contrasta con el poderoso Finale del cuarto movimiento.

Como si del mejor discurso se tratase, Haydn logra llegar a su máximo nivel de desarrollo sinfónico en una misma obra, en la que representa el recuerdo del genial salzburgués, y al mismo tiempo prepara el camino al que iba a ser el mayor de los representantes del sinfonismo del siglo XIX, Beethoven. Pero eso ya es otra historia.

Miguel Ángel Hermida

Fotografía: http://www.sergioalapont.com/images/RFG.jpg.

Publicado en marzo2015.gif

 

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