Crítica
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Wagner, Scriabin y Chaikovski

Ciclo Ibermúsica. R. Wagner, Preludio del Acto I de Lohengrin; A. Scriabin, Poema del éxtasis; P. Chaikovski, Sinfonía patética. Filarmónica de Múnich, Valeri Guérguiev (dir.). Auditorio Nacional de Madrid, 16 de enero de 2016.

Aunque nacemos con ello, respirar entraña bastantes complicaciones. Y si no que se lo digan a una embarazada, a un cantante o a alguien con ansiedad. Que si el estómago, el pecho o ese incómodo “aguantarse-el-aire-dentro” con su consecuente congestión interna, como si se te juntaran todos los órganos en un todo muy apretado.

Valeri Guérguiev, titular de la Filarmónica de Múnich desde esta temporada, conoce estos ritmos vitales y lo transmite a la férrea formación alemana con la que todavía está entablando contacto. Pero hay comunicación, y vaya si la hay. Desde las butacas de paraíso uno no sabía si esos gigantescos suspiros emanaban del cuerpo del director o si eran todos los integrantes los que conseguían respirar al mismo tiempo que su maestro.

Sucedía desde las primeras cuerdas del canto del preludio de Lohengrin. La pompa que va creciendo para estallar al final de la obra y luego desinflarse, de la que tan bien hablaba María Santacecilia en las notas al programa, se vio reforzada en unos grandes pulmones, la sección grave de la orquesta, estratégicamente dispuesta. El aire que despedían los suspiros provenientes de los violines no era tan cristalino como el grial de Wagner, pero el silencio, esa respiración contenida con la que acabó la obra, valió para otorgarle un buen sitio en el cielo al que se asciende a través del Wagner primigenio.

La imprecisión en la dicción de ciertos timbres que perjudicó a la primera obra del concierto sirvió para reforzar la segunda. Alexander Scriabin, con ese particular contacto con la naturaleza a través de toda su obra, favorece la emisión de sonidos poco controlados, vertidos directamente de la fuerza de los astros de la naturaleza. Y es que aquí, como si se tratara de una sinestesia, la respiración se trocaba en color, dispuesto, esta vez, en diferentes pompitas que embriagan acumulativamente al espectador, hasta el ahogo para los más sensibles.

El aliento volvió a erigirse como protagonista en la última parte de la velada, liderada por Chaikovski y su Patética. Los profundos silencios alternaban con más profundos suspiros. En las partes rápidas se sacrificaba de nuevo claridad por expresividad, en cuya enunciación tuvo más protagonismo del debido el viento-metal. Alcanzaba unas enormes cotas de volumen, pero del bueno, como cuando uno desea quedarse solo en casa para encerrarse en su propia burbuja de temazos. Los ecos retumbaban e impidieron, en el primer movimiento, disfrutar de ese pianissimo final. Idénticas consideraciones se podrían aplicar a ese valsecito que constituye el Allegro con grazia tan ruso y mozartiano a la vez, rasgo que muchos, como en esta ocasión, tienden a olvidar.

Esa bestia que constituían orquesta y director se enfurecía a medida que se acercaba su culmen, ese final que preludió la muerte de otro grande, el propio compositor, Chaikovski. La velocidad e intensidad del tercer movimiento anticiparon ese último gran suspiro, o sollozo, en que se convirtió el Adagio con que se apaga el concierto. Para llorar hay que tomar aire, aunque casi no nos lo permita, en ocasiones, nuestra fisiología. Y así, los silencios se convirtieron en más tensos que la propia música, potente y con un fraseo apropiadísimo, propio de esa original dicción, un tantín osetia, de Valeri Guérguiev.

Quizás fuera ésta la tensión que impidió disfrutar del último dolor seco que dejaba tras de sí una sucesión de respiraciones profundas, a veces entrecortadas, otras gritadas con rabia. La inmovilidad absoluta de director y orquesta tras enunciar la última nota no se hizo respetar más de diez segundos, combatida por otra congestión más bizarra, la del público, con su bbrrrrrravo rompetensiones para estrellarnos ante la cruda realidad. Volvimos a coger aire y a expulsarlo con normalidad. Qué aburrimiento.

Cristina Aguilar

Fotografía: María Cristina Ávila Martín y The Guardian (portada).

Publicado en enero 2016

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