Crítica
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VII Febrero Lírico

Paisajes barrocos para la celebración

VII Febrero Lírico. 2 de febrero – 24 de febrero de 2013. Real Coliseo de Carlos III. San Lorenzo de El Escorial. Gemma Bertagnolli y Zefiro; W. M. Friedrich, M. Märkl, y S. Leupold; Olalla Alemán y Los Músicos de Su Alteza; R. Elliot, A. Grzywacz e Hippocampus; María Espada y Forma Antiqua; I. Fresán y L. Berben.

Ya son siete las ediciones que, recurrente en los inviernos escurialenses, el Festival Febrero Lírico va sumando a sus espaldas, consolidándose año tras año en el panorama musical madrileño. A la labor de recuperación y difusión de la música barroca que sienta las bases de este ciclo se une como complemento histórico el auditorio en el cual tienen lugar, el Real Coliseo Carlos III, único teatro de corte en activo y el más antiguo de los cubiertos en España. Música del s. XVIII interpretada en un teatro del s. XVIII, ¿no resulta atractivo? Sin embargo, esto tiene también algunos inconvenientes, los de la acústica “algo rara” o cuanto menos caprichosa propia de un edificio histórico. En ello no solo cuenta la posición del espectador en la sala, lo que puede hacer, según los casos, que el sonido de algunos instrumentos resulte algo apagado o empastado, sino que la diferente posición que ocupan los intérpretes en el escenario es una variante importante (parece que lo óptimo sería ponerse cerca del borde del mismo). En cualquier caso, siempre es mejor escuchar un concierto de estas características, con instrumentos históricos y que no poseen una gran sonoridad, en una sala relativamente pequeña como es la del Real Coliseo Carlos III, que un recital de música de cámara de cualquier época en la sala sinfónica del Auditorio Nacional como ocurre algunas veces.

Así mismo, en su beneficio diremos que el “pequeño” coliseo escurialense cuenta con una de las programaciones más activas e interesantes de la vida cultural de la sierra madrileña, lo que hace que, a pesar de las nieves de febrero, la sala por regla general tenga un público concurrido… Llegados a este punto, no cabe comparación con el Teatro Auditorio de la misma localidad.

Y es que, pese a los fríos, durante el Febrero Lírico del pasado mes de febrero hemos podido escuchar a grupos de la talla de Los Músicos de Su Alteza, Hippocampus o Forma Antiqua en los seis conciertos de un ciclo que empezó algo flojo pero que fue mejorando progresivamente según avanzaba la programación. Las grandes expectativas despertadas por los italianos Zefiro y Gemma Bertagnolli durante la primera sesión no fueron totalmente cumplidas. Con un equilibrado programa de cantatas y sonatas barrocas (Platti, Caldara, Marcello, Vivaldi…, etc) que alternaba las partes solistas de cada uno de los instrumentos (dejando así descansar la voz) pareció que los integrantes y en especial a Bertagnolli les estaba costando entrar en el concierto. La cantata de Mancini, plena de virtuosos saltos vocales, a duras penas fue interpretada más o menos dignamente por la cantante italiana. Afortunadamente, poco a poco el conjunto fue haciéndose con la escena y la Sonata decimocuarta de Caldara fue bien resuelta por el violoncello de Gaetano Nasillo, pese a que la acústica de la sala enmudecía el sonido de su instrumento al restarle brillantez. Y así fue desarrollándose la tarde con el oboe de Paolo Grazzi en una discreta pero muy meritoria labor y la magnífica interpretación de la Sonata III de B. Marcello en el clave de Anna Fontana. Poco a poco, los que al inicio habíamos torcido algo el gesto fuimos bajando la ceja para, llegando al final de la sesión con una Bertagnolli ya “restablecida” en la bella cantata “Mi palpita il cor” de G. F. Handel, poder esbozar cierta sonrisa de satisfacción.

El siguiente concierto fue el dedicado a “Cantatas virtuosas para bajo-barítono”, lo que se tradujo en un interesante programa formado por obras de J. P. Krieger, A. Caldara, G. P. Telemann, G. F. Handel o J. F. Fischer, toda una lección de fusión de estilos e influencias de las tradiciones italiana o francesa, según los casos, con la música de cámara de estilo germano-austriaco. Elegantes maneras las que pudimos ver en esta ocasión en el clave de M. Märkl, son diez los años que éste lleva colaborando con el contratenor Andreas Scholl, con el barítono Wolf M. Friedrich algo irregular pero siempre dentro de un buen nivel y S. Leupold brillante en el laúd pese al sonido algo apagado (¿cuerdas de nylon o acústica de la sala?).

De excelente podríamos calificar la actuación de Olalla Alemán y Los Músicos de Su Alteza en el tercero de los conciertos con el programa “Cantate morali e spirituali”. La técnica barroca de la soprano resulta magnífica, como magnífica fue su interpretación de piezas de C. Monteverdi, B. Ferrari o G. F. Sances en un ir y venir por obras religiosas del seicento en las que la expresión de lo que sugieren las palabras supedita a la música. Es justo resaltar que el conjunto Los Músicos de Su Alteza no le fue a la zaga, especialmente el clave de Luis Antonio González, y su actuación fue destacable, salvo por la viola de Pedro Reula, de sonido agarrotado y duro (y aquí no tiene nada que ver la acústica), y un vibrato cuando existente frío y “eléctrico” en dúo con el chitarrone de María Martí.

¡Qué bellas voces! ¡Qué bien empastadas aun manteniendo cada una su personalidad en los dúos! Esto es lo primero que debemos decir de las sopranos Rachel Elliott y Agnieszka Grzywacz que junto a Hippocampus nos ofrecieron su “Concerto delle donne” en la cuarta sesión del Febrero Lírico. Por otro lado, los claves de Patricia Mora y Alberto Martínez Molina (que este último alternó con el órgano positivo) estuvieron realmente bien en un precioso programa que titularon “Cantos espirituales y madrigales amorosos para dos sopranos en la Italia del seicento”, formado por obras de Monteverdi, Caccini y Frescobaldi. La música no solo se transmite por el sonido, también por el gesto, y qué agradable es ver que los intérpretes disfrutan con la música, especialmente hoy en día en que parece que la tendencia es mostrar aspavientos por si alguien del personal en la sala no se ha percatado aún de la dificultad del repertorio (“lo que toco es muy difícil, miren cuánto sufro”). En algunos casos sería aconsejable menos dramatismo teatral y más disfrute y expresión musical. Por ello un bravo por Hippocampus.

Con un muy sugerente programa se presentaba en el siguiente concierto de nuestro ciclo Forma Antiqua junto con la emergente soprano María Espada: cantatas con aire intimista alternadas con piezas instrumentales en un sugerente continuum (Gaspar Sanz, G. F. Handel, D. Scarlatti, Santiago de Murcia…, etc). Da gusto contar entre nuestras filas con grupos como éste relativamente joven pero de sobrada experiencia y savoir faire y de solistas como Espada. Parece que se han acabado los tiempos en los que debíamos mirar allende los Pirineos para encontrar intérpretes de música antigua o barroca de calidad. Con las agrupaciones españolas, de las que Forma Antiqua puede ser ejemplo, se acaban los complejos patrios y aquello de que todo lo que venga de fuera es mejor. Muestra de todo ello este concierto, con algunos errores absolutamente perdonables pero impecable en muchos aspectos.

Y para finalizar, en el sexto y último concierto, el barítono Iñaki Fresán junto al clave de León Berben interpretando un repertorio de obras del Padre Soler bien acompañadas de otras de Vivaldi, Campra o Handel, entre otros. No en vano pasó éste gran parte de su vida como organista y maestro de capilla del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. La guinda perfecta en el “pastel” barroco de una séptima edición de este Febrero Lírico al que esperamos una larga vida.

Ana M. del Valle Collado

Publicado en abril 2013

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